Augusto Pinochet falleció en 2006, pero desde octubre de 2019, trece años después, es uno de los personajes más recordados en Chile. Y en las últimas semanas, en particular, se reproduce profusamente en las redes la grabación de un discurso suyo de fines de los 80, improvisado y premonitorio, donde anunciaba lo que nos sucedería a los chilenos si no éramos tan firmes ante el comunismo como él.  

En realidad, nadie ha hecho más por resucitar la imagen de Pinochet, por contraste, que el actual Presidente Sebastián Piñera, cuya “falta de pantalones” tiene al país devastado y en manos de una insurrección comunista rampante e impune.

El diagnóstico de la situación es, paradójicamente, que en el Chile actual, víctima de la violencia subversiva posibilitada por la pusilanimidad del gobernante actual, eso no ha sido óbice para que variadas multitudes canten a voz en cuello, donde quiera se juntan en los estadios, en las calles, en la Plaza Italia o hasta en las poblaciones, “Piñera, CTM asesino, igual que Pinochet”. El coro extremista es inmisericorde y la masa boba le sigue el amén.

Pero sí hay en las poblaciones mucha gente buena que añora a Pinochet y me dice por qué: a ellas él mandaba al Ejército de madrugada, donde reunía a los hombres en la cancha de fútbol, les revisaba sus antecedentes y se llevaba a los “patos malos” al lugar en que debían estar: la cárcel. Hoy nadie puede andar de noche a salvo en una población y ni siquiera en otras partes de la ciudad sin que lo asalten o le hagan una encerrona al auto y se lo roben “patos malos” con decenas de órdenes de detención incumplidas. Entonces los mayores de todas las edades, lugares y condiciones, aunque no se atrevan a decirlo en público, añoran a Pinochet.

E incluso, como reconocía otro biógrafo de éste, Gonzalo Vial, que no simpatizaba con él, ya en los 2000, en cualquier parte del mundo donde aparecía alguna situación inmanejable o caótica, no faltaban las voces que exclamaban: “¡Necesitamos un Pinochet!”.

Entonces, viendo eso por años e intensificado ahora, los comunistas se han preocupado. Y el mejor testimonio de lo preocupados que están es un libro, extraordinario por su documentación y tamaño (832 páginas), obra de un escritor e historiador rojo español, Mario Amorós, que se titula, obviamente, “Pinochet”. Porque si alguna virtud tienen los comunistas es la de saber identificar a sus adversarios realmente importantes, vivos o muertos, sobre todo si después de estarlo siguen ganándoles batallas. 

Amorós es un rojo serio (escribió “Miguel Enríquez: Un Nombre en las Estrellas”) y ha hecho la tarea completa. Su bibliografía debe tener más de quinientas referencias (no tuve la paciencia de contarlas) y, por lo tanto, se erige en un historiador que miente con perfecto conocimiento de causa. Yo escribí mi “Historia de la Revolución Militar Chilena 1970-1973” fundado en un centenar de libros y en un año y medio. Amorós debe haber empleado cuatro o cinco años en su empeño. 

En la contratapa. “Ediciones B” de Editorial Penguin Random House Mondadori muestra todas sus credenciales de objetividad, pues dice: “El general Pinochet integra el panteón de las personalidades más siniestras de la historia”. Y al final explica y confiesa, algo cándidamente: “En la actualidad, cuando una ola reaccionaria recorre el planeta y diferentes voces en distintos países reivindican a Pinochet, esta biografía resulta más urgente que nunca”.

¡Era urgente, por supuesto! Sobre todo en Chile, país que Pinochet entregó a los gobiernos civiles que lo sucedieron situado en el primer lugar de América Latina, socialmente pacificado y gozando de una Constitución democrática recientemente ratificada  (1989) por el 90 % de la ciudadanía y que brindó a ésta las más amplias libertades y le permitió gozar de los mejores treinta años de la historia del país en todos los aspectos: paz social, creciente igualdad, alto crecimiento económico, bienestar material progresivo. El “milagro chileno”. Y, sobre todo, habiendo desarrollado una política que fue imitada por otros países en lo económico y que, en lo político, abrió una fisura (por el tema de los DD. HH.) en la Cortina de Hierro y en el Muro de Berlín, la cual derivó en el colapso final de ambos para bien de la Humanidad. Amorós tiene la hidalguía, no puedo dejar de reconocerlo, de reproducir textualmente el párrafo de mi libro en que afirmo y acredito precisamente lo anterior.

“¡Miradlo a Él!”, exclamó el Papa en 1987, en un Estadio Nacional enfervorizado, señalando a Cristo. Hoy una población chilena creciente, desencantada, angustiada y temerosa del futuro se pregunta cómo el país se puede salvar. Y hay cada vez más voces que le responden, teniendo in mente la efigie de Pinochet (prohibida por Piñera hasta en el Museo Histórico Nacional): “¡Miradlo a él!”. 

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