Se perdió el honor y al final también se perdió la guerra. Un solitario Ignacio Urrutia alzó la voz el año pasado para representar su indignidad a la bancada de un gobierno impotente e incapaz de mantener el orden público. Éste, aterrado ante la violencia izquierdista, llevaba a la derecha a rendirse incondicionalmente y entregar a la izquierda su último y principal baluarte, la Constitución, teniendo en el Congreso los votos, como también los tiene hoy, para impedirlo. 

Fue increíble oír al solitario Urrutia representar a  voz en cuello a sus colegas de derecha la magnitud de su cobardía y presenciar el silencio culpable y avergonzado de éstos; y ver en el Senado a un solitario Kenneth Pugh, a quien, como ex marino, se le hacía insoportable arriar su bandera ante el enemigo, erguirse entre los claudicantes que miraban al suelo. Pugh, votando en contra de la rendición incondicional, dio un ejemplo que nadie más siguió. 

Pero parece que la lección no fue aprendida. Desde esta tribuna yo instigué entonces a los parlamentarios de derecha a salvar la Constitución, lo que podían hacer con sus votos, pero el egoísmo y la cobardía de Piñera, el entreguismo de sus líderes y las “órdenes de partido” para votar (que además son ilegales) se impusieron. 

Los países pueden sobrevivir con una mala izquierda –casi todos lo hacen– pero no con una mala derecha. 

Ahora que la Patrona de Chile nos ha dado otra oportunidad y ha salvado al país de las garras de la violencia, ejerciendo la fuerza inmanente del coronavirus, ya que el impotente Piñera no era capaz de usar la legítima fuerza pública para reprimirla, la derecha parece disponerse otra vez a traicionar a su patria y negarse a votar en el Congreso en contra de derogar la Constitución, para lo cual tiene los votos. No le bastó con la actitud incomprensible del 15 de noviembre de entregarla en bandeja al marxismo para, acto seguido, con la máxima inconsecuencia, llamar a votar “Rechazo” –sin por eso impedir que sus tránsfugas, arrepentidos y “chaquetas viradas” de siempre emigraran al bando contrario del “Apruebo”– sino que ahora se apresta a volver a traicionar al país y a la sociedad libre y a votar junto a los kerenskys y la izquierda para hacer posible la Asamblea Constituyente, que históricamente fue el preludio del régimen de los soviets en la URSS, Cuba, Venezuela y otras naciones, con sus cien millones de muertos documentados por “El Libro Negro del Comunismo”.

Los países pueden darse el lujo de ser siempre defraudados por la izquierda, que es mala en todas partes, pero no puedan darse el de tener una derecha tan cobarde, entreguista y desmemoriada como la nuestra, que compra los argumentos de la izquierda y se alinea tras un caudillo que no merece serlo y cuya única preocupación es su propia figuración y conveniencia –por eso nos subía en 2010 los impuestos mientras ponía su plata de la venta de LAN en paraísos fiscales– con tal de no ser denostado por los rojos. Y que es capaz no sólo de vender su alma, sino de regalarles por segunda vez a los insurrectos la patria toda.

Pero la derecha todavía tiene una oportunidad de reivindicarse y evitar pasar a la historia como la “generación degenerada” que, por miedo, entregó por segunda vez a su país al caos y la barbarie. Puede evitarlo votando en contra de la nueva reforma constitucional, sin la cual simplemente no habrá plebiscito. Eso le hará posible a Piñera terminar su mal gobierno, si bien en medio del fracaso y del retroceso, pero a sus partidos por lo menos sobrevivir bajo una atmósfera de mínimo coraje y dignidad.

Que no tengamos de nuevo que escuchar las solitarias voces de Urrutia y Pugh defendiendo los fueros del patriotismo y del coraje político y, por una sola vez, que sea en esta aciaga administración Piñera II, el peor gobierno de la historia de Chile (y ello puede probarse, porque ningún otro renunció en grado tan extremo a ejercer su autoridad) se levante con dignidad en el Congreso y rechace el avasallamiento marxista que nos ha llevado a una crisis peor incluso que la gestada bajo la Unidad Popular.

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