Antes de que estallara la bomba del último escándalo, el diputado comunista Hugo Gutiérrez acaparaba el centro de la polémica al haber sido filmado en una actitud de prepotencia, abuso de autoridad y burla a la legalidad que han sido una constante de su actividad política y pública. Tal, por lo demás, constituye un rasgo saliente de la participación de su partido, el comunista, en la vida chilena. Y, hay que decirlo, todo eso cohonestado por una actitud complaciente y entreguista de la habitualmente llamada “corriente dominante”. El historiador Paul Johnson la describe como “élites habladoras”, acostumbradas a hacerse eco de la propaganda roja emanada del KGB hasta que éste dejó de existir; y después a someterse a su heredero natural, el izquierdismo que predomina en los medios, aunque sus dueños sean de derecha. 

Pues Gutiérrez y su partido siempre han hecho, exitosamente, escarnio de la legalidad. Pero él se distingue por ser el más audaz y temerario de todos, aunque en lo personal es simpático. Lo digo porque la única vez que he estado con él fue en la antesala de un debate en Chilevisión, en el curso del cual ambos nos terminamos gritando al unísono a voz en cuello, hace pocos años. Pero antes del programa, en la sala donde yo esperaba, cuando entró me dijo amistosa y patudamente, sin conocerme y teniendo edad para ser mi hijo y no un igual: “Hola Hermógenes, ¿cómo estai?” Yo le contesté que bien y le pregunté si seguía recibiendo tantas críticas, a lo que me respondió que sí y que siempre le echaban la culpa de todo, o algo parecido.

Como abogado ha sido frecuente querellante contra uniformados (r) que mataron a terroristas e inclaudicable defensor de terroristas que mataron a militares. Sólo su “cara de palo” le permite ese cambio de sombrero con la facilidad con que lo hace para “quemar lo que antes adoró y adorar lo que antes quemó”. 

Hugo Gutiérrez fue, aunque esto el grueso de la gente no lo sepa o recuerde, el principal artífice del episodio más vergonzoso de la historia judicial chilena (hasta esa fecha, porque después ha habido otros aún más vergonzosos, como el tratado en mi anterior blog): el desafuero del senador Pinochet, confirmado para perpetua vergüenza por la Corte Suprema el 29 de enero de 2001 y dado a conocer urbi et orbi por su gestor, el propio Gutiérrez, ante centenares de reporteros de los cinco continentes. Pues, no está demás recordarlo, el blanco favorito del izquierdismo mundial antes de Donald Trump fue, durante decenas de años, Augusto Pinochet. 

Éste, como Presidente, era enteramente ajeno a los hechos delictivos generados al paso de la comitiva del general Arellano, pero Hugo Gutiérrez se encargó de “armar un caso” a partir de nada y el juez Juan Guzmán Tapia se le sometió dócilmente y se prestó para meter en una máquina de moler el derecho y la verdad y sacar una monstruosidad jurídica y moral. Un solo ejemplo: se necesitaba, para la siniestra trama, atrasar en tres días la verdadera fecha de la llegada de la comitiva de Arellano a Cauquenes para poder culparla de fusilamientos acaecidos allá tres días después de que ella había estado. Un teniente coronel local declaró al juez inicialmente la verdad, es decir, que la comitiva había estado el 30 de septiembre, pero recibió la visita de Hugo Gutiérrez, que necesitaba que fuera el 4 de octubre para armar un cuento contra Pinochet. Entonces Hugo fue a ver al teniente coronel y lo convenció de cambiar la fecha al 4 de octubre. “Es que me iluminó”, explicaría a “La Segunda” del 25 de junio de 1999. 

Así Gutiérrez fue “armando” el juicio en que fueron atropelladas las leyes, la verdad de los hechos y las bases fundamentales y ancestrales del Derecho Penal. El hombre de la barba negra fue, entonces, el verdadero fundador de la dictadura judicial de izquierda que a partir de ahí se enseñoreó de la justicia chilena y la tiene cautiva y prevaricando hasta hoy.

Pero esto ha sucedido porque el país cedió ante todo lo que él se propuso. La figura de Hugo Gutiérrez es a imagen y semejanza del ser chileno del siglo XXI. Todos acá son Hugo Gutiérrez. Yo no, por supuesto, pero por eso soy una voz en el desierto, muy minoritaria, defendiendo los fueros de la legalidad y la verdad. 

Pues el país quiere lo que hay, tanto que en la Cámara se acaba de aprobar el proyecto de ley que castigará con tres años y un día de presidio y multa millonaria al que diga las verdades que yo digo, como ésta de que la comitiva de Arellano estuvo el 30 de septiembre y no el 4 de octubre de 1973 en Cauquenes o que el juicio a Pinochet fue un  completo montaje. 

Entonces el Chile actual les da carta blanca a Hugo Gutiérrez y al comunismo y les dice “Apruebo” y lo que se proponen ambos es lo que vamos a tener.


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