La figura de estadista que más se añora en Chile desde el 18 de octubre es la de Augusto Pinochet. Entregó en 1990 un país próspero, pacífico y democrático, que crecía más de 10 por ciento y estaba a la cabeza de América Latina. 

Llamaron “milagro chileno” al cambio de una sociedad a punto de caer en el comunismo, con la inflación más alta del mundo y el menor crecimiento del hemisferio, a otra que era la “joya más valiosa de la corona latinoamericana”, como la calificara Bill Clinton en los 90. Pero de ésta hoy quedan sólo despojos dejados por los políticos de centro e izquierda y los de derecha que “se dieron vuelta la chaqueta”.

No hay nada peor para un país que el entreguismo de sus élites. Cuando empiezan a ofecer la mano para salvar el brazo ya uno sabe que la captura del cuerpo entero es sólo cuestión de tiempo. Cuando los caballeros se sacan la corbata es porque están levantando la bandera blanca.

La traición de Aylwin en 1990, a través de la abyecta Comisión Rettig, y el concurso derechista para sentar en el banquillo de los acusados a los militares, a quienes el mismo Aylwin y la derecha habían llamado en 1973 a salvar al país, fue el principio del fin. Indultó a todos los terroristas, llenó de plata a la izquierda revolucionaria y le mandó una memorable carta a la Corte Suprema para que no aplicara la amnistía sino al final del juicio. Fue el preámbulo para que los jueces rojos, mayoría en todos los niveles, dejaran de aplicarla del todo. 

Luego vino la rendición incondicional de Cheyre, que culpó a su propio Ejército “de todos los hechos punibles y moralmente reprochables del pasado”. 

Y finalmente llegó Piñera que, con el apoyo de la derecha “arrepentida”, llenó las cárceles de uniformados en retiro y cerró el penal Cordillera, anexo a un regimiento, para encerrarlos a todos en Punta Peuco, de donde la ex comandante Claudia estuvo a punto de lograr confinarlos en una cárcel común al término de su segundo mandato. Mientras, el comunismo penetraba en todos los niveles con sus consignas y su violencia.

Ha sido el itinerario de una traición que nos ha traído a donde estamos hoy: con el régimen a punto de caer y el país en la anarquía y camino a la ruina. Hasta los empresarios se sacan la corbata para que la izquierda dominadora de la calle les perdone el cuello.

Pero más que nunca lo que se necesita en Interior es un tipo con corbata, que afirme a la marioneta a punto de caer, restablezca el orden con mano dura y evite que el barco naufrague en estos dos años que quedan para que el pueblo, recapacitando una vez más, elija a un Presidente apto para recuperar la autoridad, la prosperidad y la tranquilidad que nos legara Pinochet y nos hemos demorado 30 años en dilapidar.

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