El modelo de mercado libre ha permitido tal progreso en Chile que hasta personas que recién vienen bajándose de los árboles, por así decirlo, tienen acceso al transporte aéreo.

Ayer me llegó un video de dos o tres minutos de duración, que alguien filmó en el aeropuerto mientras la senadora Jacqueline van Rysselberghe hacía fila para la revisión de su equipaje de mano. La fila zigzagueaba y era de un centenar de personas. Llegaron allí dos mujeres jóvenes (a juzgar por sus voces) y recién bajadas de los árboles, a juzgar por su lenguaje. Desataron inmotivadamente una violenta sucesión de insultos y groserías de alto calibre y a voz en cuello contra la senadora, pues no había frase suya en que no estuvieran incluidas las invectivas izquierdistas más características, como CTM y QL, que se han hecho ya habituales en nuestro medio, donde todo parece estar permitido.

La senadora guardó absoluto silencio y mantuvo su compostura durante el largo curso de la agresión verbal de que era objeto. Y un centenar de pasajeros, que veían y oían el penoso espectáculo, también se mantuvo impasible.

Todo esto resultaría inconcebible para cualquier habitante de una nación civilizada, pero aquí es habitual. He visto en el tren subterráneo de Londres a una madre reprimir a su hijo diciéndole “don’t stare” (“no mires fijo”) por el solo hecho de que el menor observara atentamente a otro pasajero. Si hasta mirar fijamente es considerado allá falta de urbanidad, imagínese el grado de reprobación que suscitarían en ese medio insultos groseros e inmotivados. Pero en el aeropuerto santiaguino éstos campeaban ante la pasividad y, más bien, la impasibilidad de más de cien pasajeros y del personal del recinto. Nadie dijo nada durante tan grotesca manifestación de barbarie.

Confieso que si hubiera estado presente no sé si me habría atrevido a enrostrarles a las dos recién bajadas de los árboles su inconducta, que no sólo fue tal, sino constitutiva de delito según el Código Penal, que castiga la injuria. Recuerdo que hace unos cuarenta años el publicista Jaime Celedón trató en un diario con el insulto habitual chileno de “h…” al escritor Enrique Lafourcade y éste se querelló por injuria. Obtuvo una sentencia condenatoria y una reparación.

Claro, si en el Chile actual quedan impunes tantos otros delincuentes que saquean, incendian y agreden a la fuerza pública no sólo con insultos sino con golpes y proyectiles, siguiendo el adagio jurídico de que “quien puede lo más puede lo menos”, también quedan libres de sanción y hasta de sufrir contradicción las criaturas primitivas que injurian públicamente a una senadora. Son fruto de la “educación” pública impartida por un magisterio cuyo máximo dirigente concurre a “puntos de prensa” con un parche en el ojo, en solidaridad con los depredadores del orden público.

Las encuestas anticipan que gente como ésa será la que va a terminar mandando en el país.

¡Pobre país! 

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