He leído la prensa y los principales comentaristas de hoy domingo 19. Todos están bajo el hechizo de la encuesta CEP, que es la menos sobornable del país. Para que sepan a qué me refiero, comparen la aprobación presidencial en ésta y en las demás.

Según la encuesta, la gran mayoría de la población dice estar contenta con su vida, pero cree que la mayoría de los demás está descontenta. ¿Cómo, entonces, puede hablarse de un “estallido de malestar social” si la gran mayoría declara estar contenta? Bueno, no puede hablarse de eso porque simplemente no es verdad. El único estallido que ha habido ha sido el de la impunidad: se demostró que se podía evadir un pago, saquear, incendiar y dañar sin represión de la fuerza pública. Como siempre ha habido, históricamente, una buena parte de nuestra población dispuesta a hacer todas esas cosas, si se entera de que no traen consigo sanción alguna, ahora las hizo. Es decir, fue un estallido delictivo, derivado de comprobar que no hay un gobierno capaz de imponer la ley con su autoridad.

¿O no sabemos cómo somos los chilenos? En el metro de Estocolmo hay una entrada libre para la gente honrada que en un momento dado no tiene dinero para pagar el pasaje, pero nadie la usa. ¿Se imagina la aglomeración que habría en el de Santiago si acá hubiera una? Tenemos una población, al revés de la sueca, con un alto porcentaje de gente presta a evadir la ley. Por eso el lema “evade” ha sido pintado en todas partes durante la insurrección delictiva. Y en muchas decía “evade como Piñera”. Todo el mundo sabía por qué, pero  una mayoría lo eligió Presidente. ¿De qué nos quejamos, si la mayoría votó a sabiendas de todo eso? ¿Usted creía que Piñera tenía autoridad moral para castigar a los evasores? Usted sabía que no, por supuesto. Bueno, por eso no los castigó. Y mire adónde fue a parar el asunto: la impunidad y la consiguiente delincuencia se extendieron por todo el territorio. Hasta los dueños de 4 x 4 saqueaban locales comerciales si se les presentaba la ocasión.

El hecho es que, por eso, el 18 de octubre hizo crisis un modelo exitoso, que llevó al país desde el último lugar del crecimiento en América Latina en 1973 (por debajo de Haití) al primero en 1989. Ese modelo tenía como sustrato el principio de autoridad y una garantía amplia a la libertad. Dentro del respeto a la misma, la Constitución garantizaba y garantiza la autonomía de la voluntad de las personas. Pinochet no dejaba saquear, incendiar ni destruir impunemente, y los comunistas y socialistas pagaron caro el intentarlo, pero bajo su gobierno los comunistas tenían libertad para fundar colegios. Por ejemplo, el Colegio Latinoamericano de Integración, en Avenida Los Leones. 

Joaquín Lavín, en su libro “La Revolución Silenciosa”, acreditó ésas y otras bondades económicas y sociales del modelo.

¿Es que falló ahora el modelo? No. Falló Lavín. Hoy ya no lo defiende, sino que dice que hay que cambiarlo. Lo mismo que la Constitución. Muy chileno: se cambió de bando, “se dio vuelta la chaqueta”. Institución ésta estrictamente criolla, nacida cuando en 1891 los soldados balmacedistas de casacas azules y forro blanco se las daban vuelta para así rendirse ante el ejército revolucionario, de casacas blancas, sin que éste les disparara. Así, Lavín se rinde y evita los disparos desde la izquierda.

Pero, muy importante, en la encuesta CEP él es el único personaje público con evaluación positiva, es decir, el único que tiene más aprobación que rechazo. ¿Cómo lo logra? Complaciendo a ambos bandos. Él mismo confesó hace poco que había descubierto esa nueva receta para ganar el poder, y la estaba poniendo en práctica. Una receta como la del alcalde de “La Pérgola de las Flores”: “le digo a todo el mundo que sí y luego hago lo que me conviene más”.

Pero le tengo a Lavín una mala noticia: habrá primarias y en las de la derecha no le va a ir bien, como anticipan todas las encuestas del sector. Salvo que en esas primarias de derecha vote también la izquierda… “Se ha visto a muertos cargando adobes…”

¿Qué va a ser de este pobre país? En mi opinión, ya se fue al diablo. Pero en dos años más asumirá un nuevo gobierno y, si se repite la historia (1952, 1958), en medio del caos que indefectiblemente se acentuará, una mayoría votará por alguien autoritario, que restablecerá el orden, la legalidad y la propiedad.

¡Dios me oiga y el Diablo (que por ahora está mandando en estos pagos) se haga el sordo!

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