En Chile la mujer es mejor que el hombre. Tanto es así que, si de ella hubiera dependido, Salvador Allende, el peor Presidente de la historia del país, nunca habría sido electo. En 1970 el voto femenino favoreció a Jorge Alessandri con 38 %, versus 35 % de Allende, pero éste fue Presidente gracias a los varones. Y en 1958 Allende había ganado a Alessandri entre los hombres, pero éste resultó electo gracias al voto femenino y nos libramos transitoriamente del desastre.

En general, las mujeres chilenas son más confiables que los hombres, tanto que la ley las facultó a ellas para cobrar la asignación familiar del marido, hace ochenta años, porque los hombres la gastaban en los bares y no la entregaban en la casa y ellas sí la aprovechaban bien en su hogar.

Ahora las mujeres han impuesto la paridad de género, norma antidemocrática que les garantiza ser elegidas aunque no les alcancen los votos. Esto sería objetable en democracia, pero Chile no vive bajo ese régimen, sino bajo uno de facto, impuesto por la fuerza el 15 de noviembre pasado, cuando “la ciudadanía movilizada” (no una elección) corrió “el cerco de lo posible” e impuso por la violencia “un nuevo modelo económico, político y social”. Piñera, carente de pantalones para garantizar el orden público, se rindió ante la “primera línea” callejera y consiguió que Chile Vamos renunciara a usar sus votos en el Congreso para impedir derogar la Constitución. Así se accedió a un insólito plebiscito que no estaba contemplado en ella ni en las leyes y que se impuso por la fuerza del miedo. Todo esto, por cierto, ha sido y es mucho más antidemocrático que hacer elegir mujeres aunque no les alcancen los votos.

Yo siempre he hecho lo que mandan las mujeres. Cuando me casé le dije a la mía que las cosas importantes las iba a resolver yo, pero que todo lo demás lo decidiera ella. Por suerte nunca ha habido nada importante que resolver durante casi sesenta años.

Es cierto que cuando llegó una mujer a la Presidencia de la República el resultado fue malo, pero ya en la mitad del período del varón que la sucedió todo ha sido todavía mucho peor. Porque al menos cuando ella entregó el mando el país estaba entero y hasta funcionaban los semáforos, en cambio su sucesor ya en la mitad del período lo tiene semiderruido y en estado de pánico ante la violencia callejera diaria e impune. 

Las únicas dos certidumbres que hoy nos quedan a los chilenos son las de que el dólar va a subir y la bolsa va a bajar. 

Líderes de la derecha, o de lo que queda de ésta, se pasan desvergonzadamente al otro bando, como Desbordes y Lavín (que viene haciendo lo mismo hace veinte años). Igual cosa sucede con los líderes empresariales de la nueva hornada, que son todos cerebros lavados por la izquierda: Bernardo Larraín Matte pidió perdón al borde de las lágrimas, Alfonso Swett (hijo y muy distinto del padre, hay que decirlo), Leonidas Montes y similares son también “arrepentidos” y Andrónico Luksic implora por twitter el perdón de la teleaudiencia porque su canal osó convidarme a un panel controlado por la izquierda en que expresé algunas verdades históricas hoy completamente censuradas.

Entonces, que las mujeres hagan lo que quieran, porque de ninguna manera podrá ser peor.

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