¡Qué penoso espectáculo el de ChileVamos, con un Lavín socialdemócrata, un Longueira que vota “Apruebo” y una Evelyn que no sabe! Yo no me hago problema, porque voto por José Antonio Kast y éste va por el “Rechazo”. Pero me pregunto ¿para qué necesitamos una oposición de izquierda que nos mande al diablo si la derecha de Piñera hace lo mismo y sus sucesores piensan igual a él?

¡Qué distinto era todo cuando teníamos al mejor Presidente del siglo XX, la economía crecía al 10 % anual, había paz interior y la guerrilla terrorista estaba derrotada, los caciques designaban a Pinochet como “gran jefe, conductor y guía” y se podía transitar por una Araucanía pacífica y próspera, que había votado mayoritariamente “Sí” en el plebiscito! Pero entonces llegó Piñera a la derecha (no quiero mencionar a quienes lo trajeron, para no desprestigiarlos) y ésta se desvirtuó, se dio vuelta la chaqueta, se arrepintió, pidió perdón persiguió a los militares (r) y nos ha traído a donde estamos, es decir, a medio morir saltando entre la pandemia y el paredón.

Meses atrás, en el lanzamiento de su revista “Economía y Sociedad”, edición de abril-junio, que en portada traía una reproducción de “El grito” de Munch y el título “¡Detengan la locura constituyente!”, José Piñera nos decía a los concurrentes que les había pedido, a los pocos partidarios de una nueva constitución que encontró, que le dieran una sola buena razón para reemplazar la actual. Ninguno había podido dársela. Tan clara es la disyuntiva.

El argumento de la “ilegitimidad de origen de la Constitución”, desde luego, es absurdo. Para demostrarlo basta recordar que uno de los artífices de la Carta, el más destacado jurista DC, Alejandro Silva Bascuñán, a la sazón presidente del Colegio de Abogados, aportó en la Revista de Derecho y Jurisprudencia número  LXX, de septiembre-octubre de 1973, los argumentos para estimar “legítimo” al gobierno militar, diciendo textualmente: “Han concurrido, pues, a juicio del Colegio de Abogados, en el caso de Chile, todas las condiciones doctrinarias para estimar como legítima la rebelión armada que depuso al gobierno anterior”. Luego, la Constitución que proponga un gobierno legítimo y apruebe el pueblo, es legítima.

Además, en el plebiscito aprobatorio de la Carta en 1980 no había obligación de participar, pero lo hizo el 56 % de los ciudadanos, dos tercios de los cuales la aprobaron, en coincidencia con todas las encuestas de opinión, incluida la Gallup norteamericana. ¿Irán a votar en el próximo plebiscito del 25 de octubre, viciado por la violencia que presidió su gestación bajo amenaza, los 10 millones y medio de electores equivalentes hoy al 56 % de la población? Un crítico de Pinochet, el historiador Gonzalo Vial, escribió mucho después sobre el resultado de 1980: “…la holgada y libre victoria del ‘Sí’, como verdad general, sólo podía negarse por obcecación”.

Esa Constitución tuvo el mérito de presidir los mejores treinta años de progreso de la historia de Chile, lo que habla mejor que nada de sus virtudes. Y si hubiera existido una brizna de invalidez en su gestación –la cual tomó seis años de análisis por parte de los más distinguidos juristas no-marxistas del país y de examen por el Consejo de Estado y la Junta de Gobierno– la objeción habría resultado superada por la ratificación de la Carta en otro plebiscito, el de 1989, acordado por gobierno y oposición, en que votaron 7.082.079 personas de una población de 12.707.000 (de nuevo el 56 % de la población) y donde el “Sí” triunfó con el 91,25 % de los votos. ¿Qué más ratificación y saneamiento quieren?

Nadie objetó entonces el resultado y éste envolvió el reconocimiento definitivo de la Constitución en términos indubitables. No era siquiera necesaria la segunda ratificación que hizo después el Congreso, en 2005, al aprobar las reformas de Lagos, que estaba tan ufano del texto ¡que puso al pie su nombre y el de sus ministros, en lugar del de Pinochet y los suyos! 

Una buena derecha habría podido salvar al país de la actual “locura constituyente”, pero el piñerismo deterioró a tal grado al sector que hoy sus principales adalides, con la única excepción de José Antonio Kast y de mi partido, Fuerza Nacional, que hace esfuerzos por nacer, parecen empeñados en condenar a Chile al socialismo del siglo XXI que, como decía “el otro Longueira” hace siete años (y por eso votamos por él y le dimos el triunfo sobre Allamand) tanta ruina ha traído allí donde se ha aplicado.

Cuanto antes se vaya este gobierno y el último apague la luz, tanto mejor para el país.

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