La gente está desorientada con este plebiscito “hecho a la chilena”. De partida, la pregunta “¿Quiere usted una nueva Constitución?” tiene las respuestas alternativas, naturales y obvias “Sí” o “No”, como sería en cualquier contexto civilizado y racional. Pero acá, donde ese contexto no se da, se ha discurrido una alternativa rebuscada, “Apruebo” o “Rechazo”. Es que, sabedores de que el país estuvo dividido entre el “Sí” y el “No” de 1988, los políticos no quisieron reeditar esa disyuntiva al revés, por razones de imagen: los del “No” (mayoría) no querían aparecer ahora del “Sí”, si bien los del “Sí” no tenían problemas, pues ya muchos se habían cambiado; pero aceptaron, porque, total, ya se habían rendido incondicionalmente muchas veces a lo largo de 30 años.

Así y todo, el gobierno elegido en 2017, pese a estar presidido por uno del “No”, era, sin embargo, contrario a una nueva Constitución. Debido a eso ni siquiera incluyó el tema constitucional en su programa. Pero la violencia subversiva se enseñoreó del país y, como el gobernante no se atreve a usar la fuerza pública con todos sus medios (para no ser acusado de “violar los derechos humanos”), entonces prefirió rendirse y entregar al enemigo su “buque insignia”, la Constitución. Pagó el precio a cambio de que se detuviera la violencia.

Pero se lo pagó a quienes no eran los dueños de la violencia, sino sólo sus beneficiarios. Éstos, como son muy frescos, recibieron el precio. Los verdaderos amos, el comunismo y el Frente Amplio, no firmaron el Acuerdo por la Paz. Ni tampoco se dieron por contentos con la rendición del Gobierno. Más aún, exigen que éste caiga.

Fue  como si usted le comprara una casa a alguien que no es su dueño y le pagara el precio. Terminaría sin la casa y sin la plata. Así ha terminado el Gobierno, sin autoridad y descapitalizado de todo poder político.

Es increíble, dado que los parlamentarios de gobierno siempre han tenido en el Congreso los votos para impedir cualquier reforma constitucional y, desde luego, que se derogue la Constitución y se dicte otra. Nunca se había visto en el país una derecha afectada por un grado de entreguismo mayor que el de la actual: se rindió y concedió todo lo que podía impedir con su fuerza parlamentaria.

En realidad, si los partidos opositores suscriptores del Acuerdo hubieran sido realmente los que manejaban la violencia, como el Gobierno y Chile Vamos dieron por sentado, el deber del primero habría sido mandar a sus directivos presos, de acuerdo a la Ley de Seguridad Interior, en lugar de negociar y concederles todo. Consecuencia de tanta torpeza y debilidad, y del miedo a la violencia que se ha enseñoreado del país por la falta de autoridad y de orden público, ha sido la caída de la imagen del gobernante a sus más bajos niveles de aprobación.

La votación en el plebiscito será tan “a la chilena” como el resto del proceso. Pues a usted le darán dos votos, uno para que elija entre “Apruebo” y “Rechazo” y otro para que elija quién va a redactar la Constitución surgida del triunfo del “Apruebo”. ¿Cómo? ¡Pero si eso es una burla! Será como si usted fuera a un restaurante y el mozo le diera a elegir entre carne y pescado, usted eligiera pescado y entonces el mozo le preguntara “¿cómo quiere la carne, término medio o bien asada?” Usted mandaría llamar al dueño para reclamar porque se estarían burlando de usted. Aquí los políticos se estarán riendo así de nosotros en el plebiscito. Yo anularé el segundo voto, por supuesto, marcando ambas opciones del mismo, pues eso es lo que implica el “Rechazo” que marcaré en mi primer voto: ni convención ciudadana ni convención mixta Y tal vez añada algún recado para los políticos que se habrán intentado burlar de mí.

Además, conocida la frescura que reina en el país y la falta de respeto por las leyes de que han dado muestras los jueces encargados de aplicarlas, existe la posibilidad de que los partidarios del “Apruebo” consigan un pronunciamiento de la justicia en el sentido de que todos los sufragios eligiendo Convención Constituyente o Convención Mixta se sumen al “Apruebo”, pues implicarían, argumentarán, una expresión de deseo de que haya una nueva Constitución. Esa trampa descarada y hasta inimaginable es perfectamente posible en un país en que Ministros de la Corte Suprema sostienen, sin que se les mueva un músculo de la cara, que octogenarios reos de Punta Peuco mantienen hasta hoy secuestrados junto a ellos a guerrilleros caídos en 1973.

Si los políticos han hecho su oficio el de reírse de nosotros, por lo menos hagámoselo mas difícil.

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