“Ellos” tienen una “primera línea” de violentistas, saqueadores e incendiarios que a todos nos inspira temor; y nosotros, lamentablemente, sólo tenemos una “primera línea” de cerebros lavados, entreguistas y tontos útiles que disparan contra nuestro propio sector. Ésa es la cuestión. 

Un columnista de centroderecha, en “El Mercurio” del sábado, exhibe la desorientación y el entreguismo que afectan a este sector político, del cual demuestra no saber cómo salir. Titula su columna “Asesino, igual que Pinochet…” y añade: “El cántico (contra Piñera) ha sido entonado por un grupo de delincuentes en las barras bravas… (y) ha sido entonado por la gran mayoría de los asistentes. Hombres y mujeres, viejos y niños”.


Más adelante añade: “Un poeta italiano decía que las injurias tienen una gran ventaja sobre los razonamientos: la de ser admitidas sin pruebas por la multitud”. Pero en seguida, en un esfuerzo por demostrar que la misma injuria es injusta con Piñera pero justa con Pinochet, él por su parte admite sin pruebas y se hace eco de la infamia generalizada contra el segundo al afirmar la siguiente falsedad: “En la época de Pinochet había violaciones sistemáticas e instituidas de derechos humanos. Formaba(n) parte central del régimen”. 

Como varias veces he probado, esta última afirmación es no sólo una completa mentira sino una injuria gratuita, sin base, pero también “admitida sin pruebas por la multitud”.

Pinochet recibió un país en ruinas, que en 1973 crecía menos que todos en el hemisferio, incluso que Haití; con la inflación más alta del mundo, una población angustiada por la escasez y amenazada por una guerra civil que iba a costar entre cien mil y un millón de muertos (según si la cifra era del general Prats o del Comandante Pepe, ambos afínes a Allende). Con la diferencia de que el segundo la establecía como requisito, “porque si no”, decía, la revolución “no iba a resultar”. Finalmente Pinochet entregó en 1990 de vuelta a los civiles un país que era el que más crecía en el hemisferio, pacificado y próspero y derrotó a los que iban a iniciar la guerra civil con un costo de sólo 3.197 vidas.

En cambio Piñera, en su primera vez, recibió un país ordenado, pero en declive, sin perjuicio de lo cual terminó su primer período entregando el gobierno a la extrema izquierda, que a su vez se lo devolvió mucho peor para su segundo período. Durante dos años de éste ha exhibido manifiesta incapacidad, no sólo para cumplir su programa, sino para mantener el orden público. Esto ha culminado con un completo desgobierno y su rendición incondicional al comunismo y sus ad láteres, a tal punto que ya nadie sabe cómo va a terminar sus cuatro años, con una institucionalidad a punto de ser demolida, viviendo entre barricadas, incendios, saqueos, evasiones, asaltos, destrucción inmotivada de activos valiosos y decaimiento económico y moral. 

Este último se manifiesta en que dos de los tres emblemas nacionales, la bandera y el himno patrios, son usados, respectivamente, para barrer el suelo ante las cámaras (sic) y para ser parodiado en la Plaza de Armas en un remedo marxista escarnecedor de la letra del autor Eusebio Lillo.

Pero lo peor de Piñera ha sido ponerse a la cabeza de la injuria gratuita contra Pinochet, traicionando de paso a los militares pasivos, cuyo voto pidió prometiéndoles acortar los procesos ilegales contra ellos y hacer valer la prescripción de posibles delitos. Conseguidos esos votos, hizo todo lo contrario de lo prometido y se convirtió en querellante y coautor de la prevaricación de la dictadura judicial de extrema izquierda imperante, triplicando los juicios y negándoles a los Presos Políticos Militares hasta los derechos carcelarios que se reconoce a todos los demás. Una verdadera vergüenza nacional.
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Por supuesto, no hay, en ningún aspecto, punto de comparación alguna entre Piñera y Pinochet. Desde luego, si algo caracterizó a éste fue su capacidad de “tener los pantalones” para hacer respetar el orden público. En cambio, si algo caracteriza al primero es su falta de ellos. Al contrario, se ha rendido incondicionalmente y regalado el país a sus adversarios, que no por eso dejan de injuriarlo como lo hicieron con Pinochet y como comenta el columnista de centroderecha. A estas alturas, sólo una mayoría popular en abril puede evitar la debacle que todo ese desgobierno está deparando al país. 

Entonces, cabe preguntarse ¿qué habría hecho Piñera en 1973 frente a más de veinte mil guerrilleros armados, respaldados por el bloque soviético con pertrechos y por la izquierda mundial en todos los foros? Sabemos lo que habría hecho: se habría rendido, tal como ahora.

Es una gran falsedad afirmar que el gobierno militar, que soportó el cerco internacional y fue el más vigilado del mundo en materia de derechos humanos, con “inspectores” de la ONU renovados periódicamente, haya tenido “como parte central del régimen” la violación sistemática de esos derechos. Ya en su Declaración de Principios se comprometió a respetarlos; y luego, en reiterados instructivos, ordenó lo mismo a sus dependencias. Disolvió la DINA al comprobarse que no los respetaba. Después, cuando la CNI fue acusada de lo mismo, prohibió a ésta detener personas. 

Pero había una cosa que Pinochet jamás iba a hacer a raíz de las acusaciones de sus adversarios: rendirse ante ellos. Al contrario, derrotó  la vía armada marxista y esa derrota tuvo repercusiones mundiales. Encabezó una revolución política y económica histórica, estudiada en el extranjero.

Mario Amorós, un historiador comunista español, ha escrito la más reciente biografía denigratoria de “Pinochet”. Piñera jamás podría soñar con que un historiador extranjero fuera a escribir la suya. El hispano, al revés de la prensa chilena, ha tenido en cuenta mi obra “Historia de la Revolución Militar Chilena 1973-1990”, de la cual cita textualmente el siguiente párrafo del prólogo, que viene a cuenta para subrayar la incomparabilidad entre Piñera y Pinochet. Escribe Amorós (p. 25):

“En este esfuerzo por rescatar la ‘verdad histórica’ no podía faltar el periodista y abogado Hermógenes Pérez de Arce, quien en 2018 presentó ‘Historia de la Revolución Militar Chilena 1973-1990’ (Editorial El Roble, 644 páginas), cuyo prólogo concluye así: ‘La Revolución Militar Chilena objetivamente alcanzó, entonces, una trascendencia histórica tan importante como la Francesa en su tiempo y la Rusa en el suyo, y por eso el establecimiento de la verdad en torno a ella no sólo es un objetivo que debe interesar a los chilenos sino a todos los estudiosos de la realidad contemporánea”.

Constituye toda una insolencia comparar al mayor y más exitoso estadista chileno del siglo XX, si es que no de toda nuestra historia, con el huidizo y fracasado personaje cuya falta de coraje tiene sumido al país en la crisis actual. 

Lo único en común entre ambos es ser blanco de la calumnia del comunismo nacional e internacional, con la diferencia de que Pinochet lo combatió y derrotó, mientras Piñera lo cortejó y lo complació, sólo para terminar derrotado, deshonrado y rindiéndose ante él.

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