El pánico que hay en Chile no deriva tanto de que la izquierda violenta se haya enseñoreado del país, sino de que la derecha gobernante ha puesto pies en polvorosa.

Sebastián Piñera, líder de esta última, levantó la manos en señal de rendición incondicional y les dijo a sus adversarios opositores: “Bueno, hagamos otra Constitución, pero paren de saquear e incendiar”. Y entregó a los lobos la Carta de Lagos, que dictó el decreto supremo N° 100 de 17 de septiembre de 2005, estampando su firma al final junto a las de sus ministros y celebrando poner en vigor el nuevo texto fundamental más ratificado, consensuado y plebiscitado de la historia de Chile. 

Pero ahora, con un gobierno rendido, nadie sabe qué van a hacer los lobos de la izquierda con la Constitución y se ha desatado el pánico. La gente de derecha, que es la que mueve el país, está paralizada de espanto. La de izquierda, que vive del Estado, está entusiasmada y se apresta a quedarse con lo que pueda a partir de la “hoja en blanco”, en la cual va a escribir lo que se le ocurra, partiendo por la mayor facilidad posible para expropiar aguas, tierras, bancos y fábricas de la derecha, pagándolos como en la reforma agraria o en la nacionalización del cobre (es decir, no pagándolos) y sin otro requisito que tener mayoría simple en el Congreso, como la que tiene hoy.

Hasta hace poco Chile era un oasis de cuentas equilibradas, amplias reservas, poca deuda pública y tranquilidad. Hoy, tras el estallido delictual y sin gobierno de verdad, en menos de dos meses ha perdido 6 mil millones de dólares en destrucción, 2.400 millones de dólares por menor crecimiento, 5.500 millones de dólares por urgencias sociales y la necesidad de financiar un déficit de 16 mil millones de dólares (4,7 % del PIB). Todo lo cual cubrirá aumentando la deuda pública en 9 mil millones de dólares y liquidando reservas por 7.600 millones de dólares (Francisco Castañeda, economista USACH, “La Tercera”, 10.12.19). Es decir “echando la casa por la ventana”. 

El oasis se convirtió en un espejismo. Pero lo peor no es sólo lo que se ha perdido ya: lo peor es que no hay futuro, pues existe incertidumbre total. En vez de Constitución, el acuerdo político de rendición ante la violencia sólo ofrece una “hoja en blanco”, donde se podrá escribir cualquier cosa bajo amenaza de volver a incendiar el país.

Todo esto va a suceder porque ya no existe la derecha. Pues para que haya “hoja  en blanco” y la izquierda se quede con todo debe cambiar la Constitución o derogarla, y para ello necesita 2/3 de los parlamentarios en ejercicio: 103 votos en la Cámara y 29 votos en el Senado. Y no los tiene, pues la derecha, aunque inexistente, tiene 72 votos en la Cámara y 19 votos en el Senado, y necesitaría sólo 53 y 14, respectivamente, para rechazar la reforma. 

Si en Chile hubiera derecha, entonces, la incertidumbre desaparecería. Pero no la hay, porque la mayoría de sus parlamentarios desertó hacia la izquierda y apoya la derogación de la Carta de Lagos.

La certidumbre podría restablecerse en el país ahora mismo, en el Congreso, rechazando el proyecto de reforma constitucional. Depende de la derecha. Pero ésta huyó y se rindió detrás de su líder, que levantó los brazos y se entregó a la izquierda, a la asamblea constituyente y a la incertidumbre total.

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