Chile siempre ha querido ser civilizado, pero muchas veces ha estado a punto de dejar de serlo. Cuando Pedro de Valdivia fundó Santiago, en 1542, no podía descuidarse un instante sin que los indios intentaran destruir la ciudad recién levantada. Durante una de sus ausencias las fuerzas del cacique Michimalonco sitiaron a los españoles en el cerro Huelén y, cuando estaban a punto de dar cuenta de ellos y quedar libres para arrasar con el incipiente poblado, Inés de Suárez discurrió decapitar a siete indígenas que mantenía presos y ordenó lanzar sus cabezas sobre los sitiadores. Esto los llenó de espanto e indujo a huir, salvándose así Santiago del Nuevo Extremo.

Muchas veces después la capital ha estado bajo amenaza. Precisamente lo está hoy, cuando aguerridas bandas de vándalos, incendiarios y saqueadores, encabezados por una primera línea de lumpen juvenil con escudos y cascos, sobrepasan a los carabineros, imposibilitados de usar sus armas de servicio y ni siquiera sus rifles con balas de goma para no ser acusados de violar los derechos humanos.

Cuando el Costanera Center, el edificio más alto de Sudamérica, presidía una moderna ciudad que se daba ínfulas de ser la más moderna del continente, se desató una impensada barbarie que la ha tornado irreconocible, con sus calles y tiendas vandalizadas y el propio Costanera Center rodeado por una cortina metálica de protección para no ser quemado (pues se sabe que está designado como “la guinda de la torta” por los pirómanos y saqueadores).

Lo peor es que hoy no nos gobierna un Pedro de Valdivia ni tenemos a una Inés de Suárez, sino apenas un Piñera que se ha rendido y entregado las llaves de la ciudad (léase la Constitución, con la promesa de Asamblea Constituyente) a los sitiadores. Pero éstos no se han dado por satisfechos y lo acusan a él de crímenes de lesa humanidad, cuando su único delito ha sido concederles casi todo lo que le piden. Ni siquiera le sirve haber metido presos a los militares que en 1973 impidieron con sus armas que un Michimalonco rojo, con apoyo de Moscú y La Habana, se enseñoreara del país. Ni tampoco le sirve que haya más de 200 presos políticos condenados por las ficciones jurídicas de su contubernio con la dictadura judicial roja.

Así se nos va entre las manos la esperanza de un Chile civilizado. No tenemos “primera línea” para enfrentar la violencia de la calle. Los carabineros no pueden contenerla. Y los militares no quieren ser presos políticos. 

Las encuestas anuncian que los beneficiarios de la violencia ganarán el plebiscito para tener una Constitución a su gusto, escrita a partir de una “hoja en blanco”. Así, nuestro futuro “socialismo del siglo XXI” durará hasta que, como a todo socialismo, se le termine la plata de los demás.

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