Cuando al país le va mal, a mí me va bien. He perdido mucha plata, pero estoy muy bien. Gracias a la cuarentena sólo almuerzo y como en la casa, así es que me siento mejor que nunca del estómago. Camino todos los días media hora sin salir a la calle. Estoy haciendo un trabajo muy importante, que no habría podido hacer sin cuarentena, pero es como la tarea de Sísifo, que debía subir una roca a la cima de un monte y, cuando llegaba, la piedra volvía a caer y tenía que subirla de nuevo. Pero tengo tiempo y algún día la roca quedará en la cima. Y estoy revisando la traducción al inglés de mi “Revolución Militar Chilena 1973-1990”, que me hizo John Cobin, quien va a cumplir seis meses preso por defenderse de la turba que le apedreaba el auto en Reñaca (esto es delito, no lo que le hacía la turba). Yo lo consuelo escribiéndole que va a lograr gratuitamente un abdomen plano (se había tenido que hacer un by-pass gástrico). Ha bajado 30 kilos. “No hay mal que por bien no venga”, como decía erróneamente don Quijote (debería decirse “no hay bien que por mal no venga”, vieja tesis mía ampliamente derrotada años atrás).

Gracias a Pinochet, que en 1975 hizo lo imposible, es decir, equilibró el presupuesto tras reducir en 30 % la administración pública, echando a 90 mil revolucionarios ociosos que hoy cobran pensión como “exonerados políticos” (más cien mil falsos que cobran igual), Chile puede hoy gastar lo que no tiene para ayudar a los que más sufren con la pandemia. Tenemos margen. Está bien. Anoche Piñera nos quitó media hora en la TV para repetir los lugares comunes que dice siempre y detallar toda la plata –nuestra, no de él– dada a la gente para que soporte el costo de la paralización del país. Hoy su largo discurso salió en una página de LUN, que recorté, porque es un buen resumen. Eso lo puede hacer Chile gracias a que Pinochet equilibró el presupuesto, pero no lo puede hacer Argentina, por ejemplo, que no lo ha equilibrado y va hacia un derrumbe general y espectacular. 

Piñera no tenía por qué quitarnos media hora a los telepectadores para repetir lugares comunes como “cuando nos dividimos hemos cosechado derrotas, cuando nos unimos hemos conquistado nuestras más hermosas victorias”. Pero sabemos que su principal objetivo es estar en cámara y con una audiencia cautiva que lo mire y oiga sólo a él. Y como el coronavirus se ha encargado de mantener el orden público, cosa que él no es capaz de hacer, aprovecha para hartarnos de lo que más disfruta en la vida: figurar. No importa, que reparta generosamente lo ajeno, porque, repito, tenemos margen.

Estoy contento porque si bien el confinamiento es largo, terminó con la insurreeción violenta iniciada el año pasado. Será tan prolongado que, creo, recién vamos a poder elegir nuevo Congreso y Presidente a fines de 2021 y ahí, confío, llegará un gobernante de verdad a poner orden en el país, que es lo que más se necesita.

En fin, después de superar el problema de Sísifo y terminar la revisión de la traduccción espero cumplir otra sentida aspiración: ordenar mis papeles, que es lo que me falta. Edmundo Concha, un escritor maravilloso pero modesto, que hacía “Día a Día” y firmaba E. C., escribió un solo libro, cuyo protagonista repetía una y otra vez “tengo que organizarme”. Al final no lo logró, entre otras razones porque se suicidó. Bueno, gracias a la cuarentana y a que no tengo programado suicidarme, creo que también lo voy a lograr.

En síntesis, no tengo de qué quejarme y estoy bien, gracias.

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