No sólo eso: lo pueden hacer muchas veces. Argentina, que era el país más rico del mundo en 1895, se ha suicidado tantas veces que hoy es el número 70 y descendiendo. Chile, que en el siglo XIX era potencia, en el siglo XX pasó a ser un país “rasca” y terminó de suicidarse en 1970, pero al tercer año resucitó, justo cuando estaba último, incluso detrás de Haití, en el crecimiento en América Latina. 

Después hubo un milagro, mundialmente conocido como “el milagro chileno”, tras el cual Augusto Pinochet entregó en 1990 a sus sucesores un país reluciente (“la joya más valiosa de la corona latinoamericana”, según Clinton), pacificado, con una Araucanía próspera y feliz y con el más alto crecimiento del hemisferio (10 %) en 1989. 

Y hubo todavía un segundo “milagro chileno”, que se produjo cuando los izquierdistas llegados al gobierno en 1990 respetaron el modelo, tan distinto del suyo, y sólo “le rayaron un poco la pintura”. Hubo entonces treinta años adicionales con todos los indicadores sociales (igualdad, reducción de la pobreza, permeabilidad social, educación, salud) mejorando. 

Cuando Andrónico Luksic, padre, le describió a Fidel Castro la excelente situación chilena, a fines de los 90, éste le apuntó con el dedo y le dijo: “¡Eso se lo deben ustedes a Pinochet!”. Me lo contó a mí, frente a frente, en el fundo de Maurice Poisson. Fidel no le explicó por qué, entonces, había mandado asesinar a Pinochet en 1986, aunque tal vez fue por eso mismo.

Es que por algo, como dice el historiador Gonzalo Vial, en todo el mundo, cuando se suscita una gran crisis, el uomo cualunque, el ciudadano cualquiera, exclama: “¡Necesitamos un Pinochet!”. Hoy los argentinos todavía no lo dicen, pero yo sé que lo piensan. Lo malo es que Pinochet es “producto chileno” no exportable. Es difícil que se dé.

Pero treinta años de bienestar y crecimiento fueron tiempo suficiente para volvernos imbéciles. Dilapidamos la herencia. ¡Cuántas fortunas han sido dilapidadas por herederos imbéciles! Con uno de ellos a la cabeza del gobierno y una amplia mayoría de los mismos en la oposición, Chile volvió a intentar suicidarse el 15 de noviembre de 2019. Pero le restaba un último hálito de sentido común y por eso dejó una puerta abierta al arrepentimiento, a la sobrevivencia: no consumó totalmente la autoeliminación sino que mantuvo la posibilidad de votar Rechazo en el plebiscito de 2020 que, de triunfar, nos permitiría preservar el país que tenemos y sobrevivir.

¿O triunfará el Apruebo y Chile se volverá a suicidar? Muchos lo creen y por eso baja la Bolsa y sube el dólar casi sin parar. No tengo dotes paranormales ni capacidad de ver el futuro, pero en una novela que escribí en 2005 predije que el día de la transmisión del mando en Chile en 2010 iba a haber un gran temblor, y así sucedió. Hace unos días un hijo mío me informó que eso era trending topic en las redes.

En ese predicamento voy a revelar algo: hace 67 años yo era alumno del primer año de leyes y me recomendaron ir a ver a una adivina muy acreditada, en la calle Elisa Cole, cerca de la Escuela de Derecho. Fui en compañía de un amigo, que huyó apenas toqué el timbre del departamento. Ella me abrió y me preguntó quién me había recomendado ir. Se lo dije y entonces me cobró por anticipado cien pesos, que era el billete de más alta denominación, al cual le decían “congrio” por ser rojo. Me predijo toda mi existencia con exactitud y terminó diciéndome que, ya de avanzada edad, iba a vivir “un gran trastorno general”, que no fue capaz de precisarme, aunque me aseguró que no iba a ser económico, pero después del cual, me aseguró, “usted va a ser muy feliz”. 

En esa confianza creo que Chile esta vez no se va a volver a suicidar. 

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