Lo que usted va a leer a continuación no lo dice nadie, ya sea porque no se le ocurre o no se atreve o no le conviene. Pero es la verdad. Tome asiento, acomódese, concéntrese y lea:

Lo que el comunismo y la extrema izquierda, con la complicidad de la izquierda moderada, le están haciendo a Piñera, al llamarlo asesino y violador de derechos humanos, es una gran canallada, equivalente a la que Piñera y la derecha entreguista, con la complicidad de la centroderecha, le han hecho a Pinochet, al llamarlo asesino y violador de derechos humanos.

Con una diferencia, y esto es muy importante: que Pinochet “tenía pantalones”, y Piñera no, de modo que los primeros entregaron un país pacificado y próspero en 1990, mientras un eventual sucesor de Piñera, a quien hipotéticamente éste le entregara el mando hoy, recibiría un país dominado por el miedo y la incertidumbre sobre el futuro, asolado por la violencia, donde los únicos que tienen garantías son los vándalos, los saqueadores y los incendiarios, mientras la fuerza pública está amenazada e inhibida por los guardianes de los DD. HH. y jueces de izquierda, prestos a condenarla por cualquier exceso.

Así como nadie dice lo anterior, tampoco nadie dice que el país no está viviendo un “estallido social”, como casi todos lo llaman, sino las consecuencias de una impunidad delictual. La actual crisis comenzó con la evasión en el metro. Cuando nadie les hizo nada a los evasores, quemaron el metro. Cuando nadie les hizo nada a los pirómanos, las hordas entonces saquearon y quemaron tiendas y supermercados; y como nadie les hizo nada, arrasaron con las ciudades. Hoy la horda entra a un restaurante en Viña, roba, destruye y se marcha tan tranquila. Hoy le piden un camión de trigo a un agricultor o si no le queman la cosecha. Y debe darlo. Ése es el estado del país.

Todo es la consecuencia de la “falta de pantalones” del gobernante. No hay ningún conflicto social que no haya existido siempre. El descontento social antes se solucionaba con las elecciones. El que había en 1989 se solucionó cuando el pueblo eligió a un opositor, Aylwin. Éste gobernó desde 1990. Después vino Frei y después un socialista, Lagos, que canalizó el descontento que había con el gobierno de centro. Como Lagos resultó moderado, después eligieron a Bachelet, que venía del PAIS, conglomerado liderado por los comunistas, desde el cual había emigrado oportunistamente al PS. Llegando, metió un poco de miedo marxista al decir: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha se pone a temblar”, lo cual es cierto. Pero al final tampoco la gente quedó contenta con ella, así es que la mayoría giró hacia el centro y eligió a Piñera en 2010. Y como después tampoco quedó contenta, volvió a elegir a Bachelet, ahora 2.0 y con recetas de más a la izquierda, en 2014. Pero tampoco resultó y ante el descontento y el temor de que Chile terminara como Cuba o Venezuela, parte del electorado de izquierda se viró al centro y volvió a elegir a Piñera. Hasta que el Frente Amplio y los comunistas se dieron cuenta de que éste “no tenía pantalones” y le hicieron la revolución, que es en lo que estamos hoy, sin saber qué será de nosotros.

Nadie más le dice a usted lo anterior: no es el modelo, no es una crisis social, “es la revolución marxista leninista, estúpido”. La misma de Rusia en 1917, donde la mayoría moderada tenía el 40 % de los votos pero fueron los bolcheviques, con el 24 %, los que se tomaron el poder. La misma mayoría moderada de Venezuela, que controlaba el Congreso, pero Chávez discurrió una Asamblea Constituyente y se quedó en el poder, donde lo sucedió Maduro, mientras el representante de la mayoría, Guaidó, recorre el mundo llorando su desgracia.

Acá los violentos, una minoría, hicieron lo suyo ante la impunidad inicial, y Piñera y la derecha entreguista, en pánico, fueron y le dijeron a la izquierda: “Bueno, ya, les entregamos hasta la Constitución, pero no sigan con la violencia”. Eso fue el Acuerdo del 15 de noviembre. No era preciso entregar nada, porque los insurrectos y sus cómplices de izquierda moderada no tenían mayoría en el Congreso para modificar ni derogar la Constitución. Pero, pese a ello, la recibieron en bandeja. Y ahí estamos, al borde del precipicio por “falta de pantalones”.

Circula una grabación de Pinochet en el Club de la Unión, a fines de los 80, prediciendo lo que venía. Pronosticaba que la libertad que él había legado a los chilenos sería atacada por el comunismo. Y se refería textualmente a que él sí “había tenido pantalones” para enfrentarlo, junto con preguntarse si sus sucesores iban a tenerlos “cuando yo ya no esté en este mundo”. La respuesta la sabemos.

Eso sería todo lo que nadie dice. Y ahí estamos.

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