Lavín no “se pasó al enemigo” recién en “Tolerancia Cero”, sino hace más de veinte años. Siendo candidato presidencial en 1999, ya se había declarado arrepentido de haber votado “Sí” en 1988, diciendo que “si hubiera sabido de las violaciones a los derechos humanos” lo habría hecho por el  “No”. Pero entonces estaba tan equivocado como ahora,  pues no hubo tal política de violación de DD. HH. y lo probaré más adelante. Lo que pasa es que Lavín no conoce o ha olvidado los hechos y, como todos los sujetos de carácter cambiante, sólo se guía por las consignas más recientes y repetidas. Y entonces le está echando a la Constitución “la última paletada”, tras la cual, según el poeta, “nadie dijo nada… nadie dijo nada”.

Bismarck pontificó que nunca se miente tanto como antes de una elección, durante una guerra y después de una cacería, y acá estamos en los tres casos. Pues vienen ocho elecciones, estamos durante la doble guerra contra el coronavirus y el terrorismo de izquierda y nos hallamos después (aunque todavía no del todo) de la cacería de los jueces rojos contra los militares retirados. Así es que en este vapuleado Chile se miente por partida triple.

La izquierda, controladora de la opinión y de los medios, siempre ha tenido la misma táctica de los nazis: repetir incesantemente sus mentiras, hasta convertirlas en “verdad oficial”. Y los caracteres débiles las creen. El comunismo mundial ha reconocido que siempre miente: “Cuando Polonia era comunista, un célebre diplomático de ese país, Wladislav Tycochinsky, desertó a los EE. UU. y dijo públicamente, sobre su trabajo bajo el comunismo: ‘Nunca se llegó a discutir si una información dañina para el enemigo era verdadera o inventada. Se parte de la base de que la propaganda es un arma política y no necesita ser verdad para utilizarla’. El hecho fue revelado durante una audiencia celebrada en el Senado norteamericano para escuchar al diplomático. Presente en la sesión se hallaba el entonces Secretario de Defensa, Robert McNamara, quien le preguntó sobre la reacción oficial del gobierno polaco ante las persistentes acusaciones de la URSS contra los Estados Unidos. La Unión Soviética había denunciado, en efecto, a Norteamérica por maltratar cruelmente a los prisioneros de guerra y por utilizar gases en la guerra de Corea. Tycochinsky dijo sin inmutarse: ‘Nadie pretendía que se fueran a investigar esos cargos. Ellos eran sencillamente útiles para desprestigiar al enemigo y por eso se usaban.’ El Secretario McNamara insistió: ‘Pero cuando se trataba de un hecho falso ¿no temía su gobierno quedar en evidencia como mentiroso?’ El diplomático y ex espía polaco respondió: ‘No, porque la mentira repetida es uno de nuestros métodos de propaganda. Si la mentira se esparce, utilizándose todos los medios de publicidad, concluye por ser aceptada como verdad, o como verdad a medias'”. (Alvaro Pineda de Castro, “Pinochet: Verdad o Ficción”, Vassallo de Mumbert, Madrid, 1981, p. 232).

Esto es lo que ha sucedido en Chile por años y el efecto ha sido devastador. Véase lo que dice el periodista Daniel Matamala en “La Tercera” del domingo: “Joaquín Lavín intentó romper la maldición con un acto de contrición retrospectiva: dijo estar arrepentido de haber votado Sí, reconocimiento en que lo siguieron otros, como el general Fernando Matthei (‘voté Sí cuando en el fondo deseaba que fuera No’), Sergio Diez y Catalina Parot”. Después “se arrepintieron” y “pidieron perdón” Andrés Chadwick, Hernán Larraín y un largo etcétera de  políticos, periodistas y empresarios de derecha que hoy hablan de “la dictadura”, andan sin corbata, se han dejado de afeitar y van a votar “Apruebo” junto con Fernando Atria, simbolizando inmejorablemente el estado de pelotudez nacional que nos tiene al borde del abismo. Anteayer me enteré por “La Segunda” de que ¡hasta el propio Fernando Larraín, gerente de las AFPs, víctimas propiciatorias de los rojos del “Apruebo”, va a votar “Apruebo”  para sepultar a las entidades que dirige!  

Asimismo, los uniformados activos se cambiaron de bando. Después de que los socialistas españoles e ingleses secuestraron a Pinochet en Londres, y los de acá lo desaforaron ilegalmente del Senado, han olvidado hasta a sus propios “caídos tras las líneas enemigas” en manos de la justicia roja, en particular a partir de que un comandante en jefe del Ejército se rindiera incondicionalmente en 2004 y acusara a su propia institución de ser responsable de “todos los hechos punibles y moralmente reprochables del pasado”, en medio de un estruendoso aplauso izquierdista. En ese tiempo, la ministra sumariante Eliana Quezada, de Valparaíso, hasta acusó a la Armada de tener preso por treinta años, en un recinto suyo, al ex sacerdote devenido guerrillero Woodward, sabidamente muerto. Pero el alto mando naval expresó que “no tenía nada qué decir” respecto a tan disparatado fallo judicial.

Cuando hace dos años ofrecí mi “Historia de la Revolución Militar 1973-1990”, reivindicando al GM, a la Academia de Historia Militar del Ejército, la rechazó por no estar de acuerdo con mi tesis. Lo mismo hicieron “El Mercurio-Aguilar” y “Editorial Zig Zag”, pero un directivo de esta última, reservadamente, me instó a publicarla y accedió a distribuirla, así es que la edité yo mismo, ya van tres ediciones y se sigue vendiendo silenciosamente, pero bien, como los “samiszdats” de la era soviética. Me apresto a publicarla en inglés y también lanzaré una edición popular de bajo precio, sin el apoyo de nadie, porque casi todos se han pasado al enemigo, igual que Lavín. 

En fin, pero no por ello menos importante, para probar adicionalmente que es verdad lo que siempre he sostenido, en el sentido de que el GM respetaba los DD. HH., cito el siguiente párrafo de “Out of the Ashes”, del historiador norteamericano James Whelan, p. 711 de la edición en inglés, sobre una visita inspectiva de la Heritage Foundation norteamericana, cuyo equipo de expertos vino a verificar la verdad en materia de DD.HH. en los ’80 y comprobó lo siguiente: 

“Ninguna (institución) estuvo más envuelta (en esa investigación) que la Cruz Roja Internacional, representada por el doctor Jean Francois Bonard, quien dijo (a los de Heritage) que ‘él podía ir a cualquier prisión en Chile, en cualquier momento, para ver a cualquier preso. Él no tenía que hacer una cita o advertir al establecimiento penal que iría. También dijo que los doctores de la Cruz Roja tenían permiso inmediato y no calificado para entrevistar a cualquier preso, salvo los que estuvieran incomunicados’. Cuando Heritage Foundation  vino a Chile, sólo había un incomunicado. La impresión de Heritage fue que el Gobierno parecía decidido a erradicar los abusos”. “Parecía decidido a erradicar los abusos”.   

Hoy, sin saber nada de eso, una minoría desinformada (pero mayoría plebiscitaria) se apresta a constituirse en epítome de la estupidez humana y a desechar la Constitución mejor preparada, más ratificada plebiscitariamente (67% en 1980 y 90 % en 1989), más reconfirmada por aplastantes mayorías parlamentarias que la modificaron sucesivamente, y que le dio al país los mejores 30 años de su historia. 

¡Virgen del Carmen, Patrona de Chile, salva a tu pueblo que clama a ti!

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