Chile iba directo a su autodestrucción, víctima de la violencia desatada y a punto de entrar en un itinerario enajenado, determinado por la ambición totalitaria del poder rojo, la diligencia de los kerenskys, que siempre les abren camino a los de la hoz y el martillo, y el pánico de una derecha entreguista y desinformada, que puso en la Presidencia a un sujeto carente de los atributos mínimos para gobernar. 

Todo parecía perdido, cuando repentinamente el país se tranquilizó, los vándalos volvieron a sus guaridas, la fuerza pública pudo descansar, el tránsito fluye por la plaza Italia y hasta dicen que habrá un jefe militar en cada zona en estado de excepción. 

Hasta aquí llegó la insurrección. La Carta Fundamental queda, una vez más, consolidada y ratificada. El desbarajuste echa por tierra a la insurgencia y antes de que nos demos cuenta vamos a poder elegir, en 2021, un gobernante mejor, porque este año inverosímil ya está jugado.

El ’73 pasó lo mismo, cuando los que se iban a tomar el poder estaban tan seguros que uno de sus adalides proclamaba: “si no hay un millón de muertos la revolución no va a resultar”. Milagrosamente todo se arregló y, en lugar de un país asolado por la escasez, la inflación y la guerra civil, Chile se convirtió en “la joya más preciada de la corona latinoamericana” (Clinton).

Después hubo otro milagro nacional, que viví de cerca. Un angustioso 22 de diciembre de 1978 la poderosa flota argentina, encabezada por un portaaviones, se dirigía a ocupar por la fuerza las islas australes chilenas. La Armada Nacional había recibido la orden de salirle al encuentro y abrir fuego apenas un buque invasor ingresara a aguas chilenas. Los números no nos favorecían, pero teníamos un arma secreta. Un marino me la había mostrado en el molo de abrigo del puerto. Me había dicho que, para verla, debíamos caminar hasta el final del molo, donde había una casucha que me parecía inapropiada para contener tan poderoso instrumento de guerra. Pero entonces el marino me dijo que me volviera y mirara hacia el puente de mando de cada uno de los buques acoderados. “Ahí está nuestra arma secreta”, me dijo. Y, efectivamente, bajo cada puente de mando y sobre una lustrosa tabla de roble se leía, en grandes y bruñidas letras doradas: “Vencer o Morir”. 
Cuando la guerra naval estaba a punto de comenzar, un temporal inclemente zarandeó a la flota argentina y ésta, no se sabe si por eso o por temor a nuestra arma secreta, viró en redondo y puso proa al norte. El sábado 22 de diciembre de 1978 a mediodía recibí en la Dirección de “La Segunda” un llamado de un marino anónimo, desde el Ministerio de Defensa, informándome de lo anterior. Le creí y titulé ese día informando que el peligro de guerra había pasado. No pude dejar de ver la mano de la Patrona de Chile, una vez más.

De nuevo ahora se ha hecho presente y nos vuelve a salvar de la violencia, de la traición de los kerenskys y del entreguismo de la derecha. Sólo falta que este otro año el buen sentido electoral de los chilenos no desaproveche esta milagrosa oportunidad y lleguen a La Moneda los pantalones necesarios para volver a salvar a un país que da tantas muestras de no merecer ser salvado.

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