La mayoría, según las encuestas, es partidaria de que no puedan reelegirse indefinidamente parlamentarios ni ediles. Pero si ellos se reeligen indefinidamente es porque, en cada oportunidad, ganan las elecciones por mayoría. Luego, la mayoría no quiere que se haga la voluntad mayoritaria, lo cual implica una contradicción en los términos y carece de lógica. Ello sugiere que semejante sistema nunca funcionará bien.

Pero todos sabemos por qué la mayoría no quiere la reelección indefinida: es porque supone que quien ostenta un cargo tiene una ventaja no merecida sobre otros aspirantes al mismo, pues es más conocido del electorado, puede usar su función para obtener votos y administra recursos públicos utilizables en conseguirlos, ventajas de las cuales carecen otros aspirantes.

Estas contradicciones llevaron a Winston Churchill a emitir su famoso veredicto: “la democracia es el peor de los sistemas, si se exceptúan todos los demás”. Él sabía que la mayoría no es confiable, pero también que las minorías tampoco lo son.

Desde luego, la mayoría es voluble. En 1971 apoyaba a Salvador Allende: la UP obtuvo ese año más de la mitad de los votos en la elección municipal. Pero en 1973 había cambiado radicalmente de opinión y quería que Salvador Allende fuera sacado del cargo. Por eso, representada por 81 votos contra 47 en la Cámara de Diputados, pidió a las fuerzas armadas poner término a la situación imperante. Es decir, la mayoría, a través de sus representantes, llamó al golpe de estado. Pero hoy la mayoría, según las encuestas, condena ese golpe de estado que ella misma solicitó.

Claro, no es menos voluble ni peor que sus líderes. En su historia del gobierno de Allende, Gonzalo Vial refiere que en 1971 Eduardo Frei dirigió una encolerizada carta a quienes habían conducido la economía bajo su gobierno de 1964 a 1970 (léase Andrés Zaldívar, Carlos Massad, Sergio Molina), increpándolos porque le habían impedido aplicar la misma receta de controlar precios y emitir desaforadamente dinero que estaba poniendo en práctica Allende en 1971 y tenía al país feliz, creciendo, sin desempleo, con menos inflación y abundantes billetes en todos los bolsillos. Pero esa política condujo a tener la mayor inflación de la historia en 1972 y luego a la escasez y a un verdadero caos económico en 1973, los cuales provocaron que el mismo Frei recomendara en julio de ese año a los dirigentes industriales (“Acta Rivera”) ir donde los comandantes en jefe porque “esta situación se arregla sólo con fusiles” (atendido también, no hay que olvidarlo, el profuso armamentismo ilegal de la UP).

Por eso la sabia Constitución de 1980 se precavía contra las veleidades de la mayoría e impedía e impide aún hoy, pero en menor grado, que ella haga cualquier cosa. Limitaba a la mayoría a través de los senadores designados, lamentablemente suprimidos; de la vigilancia del Consejo de Seguridad Nacional (hoy casi nulo, pues fue debilitado al extremo por Lagos en 2005); y de los quórum supramayoritarios (2/3 para reformas fundamentales), que todavía subsisten, afortunadamente. Por éstos los grupos revolucionarios violentos (siempre los ha habido en Chile) quieren hoy cambiar la Constitución.

Yo, que desconfío profundamente de la mayoría (por algo casi nunca he pertenecido a ella, salvo al final de la UP), sin embargo soy contrario a limitar las reelecciones. Si no le gustan a la mayoría, que simplemente deje de votar por los incumbentes. Se le pide sólo un mínimo de lógica. Pero parece que es demasiado pedirle, pues es el peor de los sistemas, si se exceptúan todos los demás.

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