No he resistido  parodiar el título de la novela de Milán Kundera, “La Insoportable Levedad del Ser”, porque se adapta perfectamente al feble temperamento de la derecha chilena, cuya centenaria inconsistencia y debilidad de carácter se han reeditado y acentuado en las últimas décadas y, en particular, en los últimos meses, semanas y días, en términos que tienen al país al borde del precipicio. ¡Pues ahora parte de la derecha hasta se ha fugado hacia el funesto “Apruebo”!

Es que siempre ha habido en ella un “soft belly” o “vientre blando”, al cual le sobrevienen, por haber comprado consignas adversarias o por puro y simple miedo, pujos de pasarse al bando adversario. En particular se presentó ese miedo en 1965, cuando depuso todos sus principios y valores, y hasta su candidato propio, Julio Durán, y se plegó al socialismo comunitario de Frei Montalva, para impedir el triunfo de Allende, todo lo cual terminó por ser la antesala del gobierno de éste. Pero la ruinosa gestión del mismo condujo a que, transitoriamente, se revirtiera la izquierdización de la DC y ésta se fuera hacia la derecha en 1973 y juntas, sumados algunos “socialdemócratas” y hasta unos pocos ex allendistas, imploraran un 22 de agosto a las fuerzas armadas poner término al “experimento marxista chileno” (Robert Moss).

Los uniformados hicieron un gobierno de derecha exitoso, pacificaron el país, le dieron prosperidad y restauraron la democracia. Pero al advenir ésta renacieron las ambiciones políticas de la DC y los eternos miedos de la derecha (“nos van a colgar a todos de los faroles”, decía un prohombre de ella a comienzos de los 80, anticipando una derrota en las instancias electorales que el propio régimen militar abrió.)

Entonces, terminado éste, bajo la plena democracia, la derecha “se puso a temblar”, como decía Michelle Bachelet que lo hacía cada vez que “la izquierda sale a la calle”, y unas aterrorizadas RN y UDI, para que los socialistas y comunistas no las insultaran y funaran, borraron apresuradamente de sus Declaraciones de Principios los testimonios de gratitud y admiración al gobierno militar, se pasaron al enemigo y se plegaron a Sebastián Piñera, a su “No a Pinochet” y a su persecución contra los militares (r), todo un engendro de traición y pánico que en conjunto tiene el infausto nombre de “piñerismo”. 

Éste, en sus V y VII gobiernos de la Concertación y en su servil entreguismo ante las bravatas de la izquierda, que en octubre de 2019 se trocaron en rendición ante una revolución violenta; y también tras la entrada masiva de agitadores y subversivos cubanos, venezolanos, colombianos y argentinos que se sumaron a la subversión marxista local, ha desembocado el año pasado en un virtual golpe de estado y en la instauración de un régimen parlamentario de facto (senador Quintana dixit) con la derogación de hecho de la Constitución y el imperio de una Ley de la Selva y barbarie que sólo se han moderado transitoriamente, gracias a las restricciones impuestas por el coronavirus.

Esta fuga de parte de la derecha hacia el “Apruebo” y a la demolición del milagro chileno se ha tornado, de disimulada que era con Piñera a la cabeza y Evelyn Matthei negándose a manifestarse, a incontrolable y masiva ya con Lavín, Longueira, Chadwick y Felipe Alessandri en carrera desatada hacia el otro bando. Las encuestas locales, conocidamente sesgadas, no dan un peso por el “Rechazo”. En vista de eso el empresario Gerardo Jofré buscó una firma argentina seria y ésta reveló que, en la real opinión pública chilena, vence el “Rechazo” por 53 a 47 por ciento, pero, y es un gran PERO, más de la mitad de quienes votan “Apruebo” aseguran que van a ir a votar, mientras sólo el 22 % de los inclinados al “Rechazo” dice que irán, ya sea por temor al contagio o por falta de compromiso político. Y así, contabilizando sólo a los que van a ir con seguridad a votar, el “Apruebo” ganaría por 60 a 40 por ciento. 

He ahí la madre del cordero, que nos retrotrae a 1970. Entonces, si la derecha no quiere volver a tropezar con la misma piedra 50 años después, como primera medida, contagio o no contagio, TIENE QUE IR A VOTAR.

Yo antes había pensado marginarme de este proceso espurio, impuesto por la fuerza, lleno de trampas y carente de toda seriedad, pero he resuelto ir a votar. Pero, para que sea voto útil, hay que aprender de la historia.

Pues en 1970 todas las encuestas daban por ganador a Alessandri, pero (1) gran parte de la derecha, confiada en eso, no fue a votar; (2) la izquierda, como siempre, hizo trampa, pues Allende y Tomic se habían coludido secretamente y habían llegado a un acuerdo antialessandri, después develado; (3) si la derecha no fue capaz siquiera de ir a votar, mucho menos pudo poner un apoderado en cada mesa; (4) luego, los del acuerdo secreto leyeron en voz alta en el escrutinio muchos votos que decían “Alessandri” como si dijeran “Allende” o “Tomic”, fifty-fifty, pues la izquierda siempre roba, pero particularmente en las elecciones. Lo demás es historia.

En 2017 la derecha, por primera vez, logró poner un apoderado en cada mesa y logró ganar 55% a 45% en la elección presidencial. Claro, el candidato triunfante gobernó con las ideas del otro bando y estamos al borde de perderlo todo. Tanto cedió Piñera el 15 de noviembre que se ha dado el extremo absurdo de que vamos a votar con dos cédulas: una para optar entre “Rechazo” y “Apruebo” y la segunda ¡dando por triunfador al “Apruebo”! para elegir en qué forma se va a materializar su convención constituyente. Esa es una “crónica de una derrota anunciada” de uno de los bandos y no se había visto jamás en ninguna elección democrática. Pero acá el infinito entreguismo de la derecha ante la izquierda lo ha aceptado.

 

Buemo, ése es el vaso vacío. Ahora veamos el vaso medio lleno: (1) Aunque gane el “Apruebo”, hasta al menos 2022 va a continuar rigiendo la actual Constitución de 1980; (2) Los deleznables partidos políticos se han fijado reglas que los favorecen y que perjudican a los candidatos independientes a la convención, que no tienen ninguna posibilidad de ser elegido convencionales constituyentes, pero ¡Y ESTE ES OTRO GRAN PERO! (3) La izquierda está mucho más dividida, en decenas de montoneras, que la derecha, que lo está en sólo tres o cuatro. Es decir, es mucho más fácil para ésta formar una lista única, y la lista única le asegura la mayoría en la convención constituyente. Pues el sistema electoral de “cifra repartidora” así se lo garantiza. (4) Con esa mayoría la derecha puede derrotar, si quiere, TODAS las mociones de reforma de la izquierda. (5) Y todavía está el “plebiscito de salida”, la gran revancha, donde aún habiendo perdido el de entrada, la derecha puede ganar, botar toda la papelería de la convención, mantener la Constitución de 1980 y entrar a otros “treinta mejores años de la historia de Chile”, en lo posible presididos por un genuino (o no tan genuino) heredero del mejor Presidente del siglo XX, el mismo que en 1990 entregara a la civilidad un país pacificado, próspero y con una muy feliz Araucanía.

“¡Aún tenemos Patria, ciudadanos!”

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