Esta otrora “fértil provincia y señalada” yace hoy en la desesperanza y la desdicha, asolada por la violencia, el engaño general, el socialismo, la sequía, la incertidumbre, el coronavirus y Piñera, la última canallada del cual ha sido excluir a los Presos Políticos Militares de su proyecto en beneficio de reos de la tercera edad para que pasen sus últimos años en arresto domiciliario. Una querella de Piñera llevó al más anciano (nonagenario) y de facultades mentales más perdidas, general (r) Orozco, a cumplir diez años de presidio por un delito inexistente (salir a preguntar el origen de una ráfaga).

El país está sumido en la desesperanza, porque si alguna tabla de salvación subsiste todavía hoy, es la Constitución, si bien frecuentemente violada por parlamentarios y tribunales de izquierda. Pero ahora se aproxima la fecha en que ésta puede quedar virtualmente derogada si triunfa el “Apruebo” en el todavía incierto plebiscito del 26 de abril. Las encuestas oficiales dicen que ganará y el propio Presidente, en sus últimas intervenciones públicas, ha dejado ver que apoya el “proceso constituyente”, que implica el triunfo del “Apruebo”. 

El país (entendiendo por tal la mayoría) está perdido y desquiciado. El jueves recorrí parte de la ciudad viendo los comercios cerrados en horas hábiles y tapiados o protegidos como si fuera a sobrevenir un ataque aéreo. El viernes fui al centro y me estacioné bajo La Moneda. Saliendo de ahí un sujeto me insultó con epítetos agraviantes pero no groseros, en la vereda del frente al palacio. Al volver, otro sujeto atronó la misma cuadra con un grito de “¡¡¡viejo CTM!!!” cuyo destinatario supuse que era yo. Ése es el país en que vivo.

La violencia izquierdista no es nueva. Lo nuevo es que no haya gobierno ni destino nacional conocido. Hoy vi en “El Mercurio” que “hace cien años” fueron incendiados veinte tranvías en una protesta. Chile siempre ha sido así, pero antes había autoridad y ahora no. La historia de los tranvías la conocí desde chico, porque sucedió en el puerto y afectó a una empresa alemana dueña de ellos, que subió el pasaje de acuerdo al contrato. Un conocido dirigente de izquierda entonces azuzó a las masas y se le ocurrió decirles: “¡No vayan a quemar los carros, niños!”, que fue lo que “los niños” precisamente hicieron de inmediato. Y eran todos los que tenía la empresa.

El país está hoy desquiciado y desmemoriado. Ante la discriminación de Pïñera contra los PPM pensé en el más vilipendiado e injustamente preso de ellos, Miguel Krassnoff, oficial distinguido e intachable, que ya lleva más de 20 años privado de libertad sin pruebas, sólo “por presunciones”. Recuerdo que hace unos años, en el programa “El Informante” de TVN, enfrenté al juez Alejandro Solís, que le había impuesto ya varios centenares de años de condenas arbitrarias y al cual el oficial jamás había siquiera visto. Fue importante, porque en ese programa Solís confesó públicamente que él condenaba en virtud de una “ficción jurídica”, en circunstancias que la primera obligación de un juez es probar el delito y no fingirlo. Pero en esa oportunidad Solís afirmó, además, dramáticamente, que Miguel Krassnoff había asesinado a la mirista Diana Arón “con sus propias manos” y había salido con éstas ensangrentadas diciendo: “Era terrorista y judía, más encima”.

Entonces le pregunté a Krassnoff y me explicó que Diana Arón había muerto en combate con un comando de la DINA del cual él no formaba parte y que, por añadidura, él se encontraba en el extranjero cuando eso sucedió, todo lo cual probó ante el tribunal, pero fue desechado. Tiempo después vi en “La Segunda” la explicación. Un informante de izquierda que trabajó con la DINA, Osvaldo Romo, huyó a Brasil. Cuando su paradero se descubrió en los 2000 y se pidió su extradición, él pidió auxilio a los ex uniformados chilenos, que nada pudieron hacer. En venganza y culpando a éstos por haber sido apresado, decidió relatarle a Solís, que lo procesaba, una imaginaria versión de la muerte de Diana Arón a manos de Krassnoff y que fue la relatada por el ex juez en TVN.

Esto ya es historia, tanto que en Wikipedia aparece el abogado UDI Gabriel Zaliasnik, de ascendencia judía, corroborando la versión falsa de Solís y culpando a Krassnoff. Éste me confidenció que al saberlo había reunido todos los antecedentes presentados a los tribunales y que acreditaban su inocencia, y los había enviado al principal representante de la comunidad judía residente, quien le había devuelto el paquete sin abrir y pidiéndole en términos hostiles no volver a dirigirse a él.

Hoy la dictadura roja de los tribunales ya le ha impuesto a Krassnoff más de mil años de condenas por hechos imaginarios, pero que generan indemnizaciones de centenares de millones de pesos cada una, que me interesaría saber cómo se reparten. Krassnoff, a todo esto, recibió una solemne carta de Gendarmería en que se le informaba que el 20 de enero de 2446 o algo así iba a tener derecho a su libertad condicional. 

¡Lo que va de ayer a hoy! En 1975 se le confirió la “Medalla al Valor” por la captura del principal jefe terrorista, Miguel Enríquez, en medio de felicitaciones de los sindicatos bancarios porque éste en un asalto había herido a bala a un agente de banco que se negó a entregar las llaves de la caja de caudales de la sucursal Huelén del Banco de Chile. Y una reciente sentencia prevaricatoria añadió otro decenio de presidio a Krassnoff por el “asesinato” de Enríquez.

Así se escribe la historia. Tal vez por eso Dios ha castigado a Chile con la desesperanza, el coronavirus y Piñera.

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