Los parlamentarios, los ministros y el presidente de la República han jurado, al asumir sus cargos, respetar la Constitución y la ley. La mayoría ha roto ese juramento.

La Constitución dice (art. 65) que corresponderá al presidente la iniciativa exclusiva para (6°) modificar las normas sobre seguridad social. Además, añade que “el Congreso Nacional sólo podrá aceptar, disminuir o rechazar los servicios, empleos, emolumentos, préstamos, beneficios, gastos y demás iniciativas sobre la materia que proponga el presidente de la República.”

Pero una mayoría del Congreso ha modificado la seguridad social sin que haya habido iniciativa del presidente.

¿Cómo lo ha hecho? Haciendo trampa: fingiendo que esta modificación de la seguridad social se hace a través de una reforma constitucional, que no requeriría iniciativa exclusiva del presidente.

Pero eso no es verdad, porque el artículo 65 confiere iniciativa exclusiva sin distinguir si la seguridad social se modifica por ley o por reforma constitucional. Y “donde la ley no distingue, no le es lícito al hombre distinguir.” Simplemente la Constitución prohíbe modificar la seguridad social sin iniciativa presidencial.

Lo que se ha hecho no es usar “un resquicio”: es simplemente un atropello a la Constitución. Además, en el capítulo sobre reforma constitucional la Carta dice que “en lo no previsto en este Capítulo serán aplicables a la tramitación de los proyectos de reforma constitucional las normas sobre formación de la ley”. Y la iniciativa exclusiva del presidente es una de esas normas no previstas ahí. Por tanto, debe aplicarse.

La derecha tiene toda la razón legal y constitucional, pero tiene miedo. Y si además de tener miedo puede ganar plata a costa del Estado, no tiene dónde perderse y por eso parte de sus parlamentarios se pasaron al campo adversario. Y por eso Sebastián Piñera, en el ejercicio más repetido de su vida política, se pasó al otro bando, renunció al veto y a recurrir al Tribunal Constitucional y promulgó la reforma inconstitucional y perjudicial que permite retirar el 10 % del ahorro previsional.

Además, cuando su antecesora, la ex ayudista del MIR y ex conviviente del vocero del FPMR fue elegida presidente de la República por amplia mayoría en 2006, una de sus primeras frases dirigidas al país fue: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha se pone a temblar”. Tenía toda la razón.

La izquierda salió a la calle a fines del año pasado, destrozó todo a su paso, la derecha se puso a temblar y entregó todo, hasta la Constitución.

Ahora la izquierda va por el sistema de capitalización individual y dijo que si no se aprobaba el retiro del diez por ciento de los fondos acumulados iba a volver a salir a la calle. Entonces la derecha de nuevo se puso a temblar y volvió a entregar todo, renunciando a vetar el proyecto inconstitucional y a ir al Tribunal Constitucional.

Y, además, el 86 % de la opinión pública apoya el retiro. ¡Era que no! A los que casi no tienen plata en sus cuentas les van a devolver más de lo ahorrado, es decir, les van a regalar plata. Y a los que tienen mucho depositado les van a permitir retirar su 10 % sin pagar impuesto a la renta. ¡Todos reciben un regalo!

Hasta las amenazadas AFPs están contentas, porque al devolver fondos a los imponentes pueden reducir el encaje que están obligadas a mantener por los depósitos. Un par de cientos de millones de dólares que no les vendrán mal.

Si todos ganan, ¿quién pierde? Chile en su conjunto, porque está gastando sus ahorros, va a tener menos fondos para pagar pensiones en el futuro y menos recursos para financiar la inversión y el crecimiento. Pero ¿quién es Chile, hoy? Nadie. 

Una de las razones principales que lo llevaron del último lugar de América Latina al primero en ingreso y crecimiento fue el sistema de capitalización individual. Al descapitalizarlo, crecerá menos y pagará menores pensiones en el futuro.

Pero ¿a quién le interesa el futuro? A Pinochet, que pensando en él fundó la Carretera Austral y el sistema de capitalización individual. Pero está muerto y es repudiado por la mayoría de los vivos. Y el mundo actual es de los vivos, sobre todo de los más vivos, que dicen: “si al viejo no podemos destruirle la Carretera Austral, por lo menos destruyámosle el sistema de capitalización individual”.

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