He recordado más que nunca a Jaime Guzmán en estos días en que se conmemora otro aniversario de su asesinato por el Partido Comunista. Si él hubiera vivido hoy, ni los principios ni la impronta histórica de la derecha habrían sido desterrados de Chile, como lo están en la actualidad. 

Recuerdo cuando en 1989 me llamó para insistirme en que fuera candidato a senador por Santiago, en la creencia de que yo podía vencer a Sebastián  Piñera, que había saltado ágilmente desde la DC a nuestro sector, invitado por Hernán Büchi, a sugerencia de Andrés Allamand. 

“Piñera va a ser el peor cuchillo del gobierno militar en el Congreso y será esencial que tú estés ahí en vez de él para defenderlo”. Creo que ni él mismo podía imaginar hasta qué punto iba a ser realidad su profecía ni el inconmensurable daño que el cumplimiento de ella iba después a significarle al país. Hoy la imagen del gobierno militar se encuentra irreversible e injustamente dañada y denigrada al extremo. Y la derecha, como expresión política, virtualmente ha dejado de existir. Uno de los principales artífices de ambos desenlaces ha sido Sebastián Pïñera, en cuya estela navegan hoy numerosos tránsfugas, “arrepentidos”, desertores y derechamente traidores del legado del gobierno militar.

Si hubiera estado vivo hoy, Jaime jamás habría permitido lo que ha vuelto a suceder: teniendo la derecha los votos en la Cámara y el Senado para impedir la inmolación de la Constitución de 1980, tras la rendición incondicional en noviembre de un Piñera en pánico e incapaz de mantener el orden público y de usar el legítimo respaldo armado para derrotar a la subversión, se ha rendido una vez más. 

Así se le ha regalado a la izquierda y sus compañeros de ruta DC, los eternos kerenskys chilenos, la oportunidad de revivir la idea de la Asamblea Constituyente en que se basan todos los socialismos de los siglos XX y XXI. La subversión estaba muerta gracias a la pandemia. A raíz de la misma no podía haber plebiscito el 26 de abril y bastaba que la derecha usara los votos que tiene para negarse a una nueva reforma constitucional que reviviera la rendición del 15 de noviembre. Así se noqueaba políticamente a la izquierda. Pero hubo un solo voto en la Cámara y otro en el Senado en contra de una capitulación, que Guzmán jamás habría permitido. La derecha en Chile, de facto, ha dejado de existir.

Entonces y por ahora sólo se ha producido un interregno en el reinado de la violencia, porque el corona virus ha venido al rescate de Piñera y ha logrado lo que él no pudo hacer: sacar a la “primera línea” terrorista de las calles. En el hecho, el virus ha suplido la incapacidad del gobernante para mantener el orden público. Paradójicamente, se han restablecido así y por ahora la ley y el orden. Pero cuando pase la pandemia, la una y el otro volverán a ser arrasados por la extrema izquierda.

Los mayores daños económicos ya los generó la anarquía reinante desde el 18 de octubre, cuando las fuerzas del mal se dieron cuenta de que se podía delinquir y devastar al país impunemente. No había tal “descontento social” ni tal “desigualdad”. Habría bastado, y lo he probado hasta la saciedad en blogs anteriores, que las enormes cantidades de dinero que “el modelo” ha destinado a la pobreza, para que el 20 % más necesitado dejara de estar en esa condición y se igualara al 20 % de mayores ingresos. Pero, así como el extraordinario poder comunicacional de la izquierda ha falseado la historia del gobierno militar, también ha falsificado la realidad económica posterior y ha ocultado que los recursos para la pobreza han ido a parar a manos de una oligarquía de extrema izquierda. Es la misma que objeta hoy el uso de Espacio Riesco como hospital de emergencia porque cuesta 18 millones de pesos al año y nada dice del Museo de la Memoria Marxista que cuesta 150 millones.

Un meme da cuenta de la cifra de contagiados, de fallecidos y de un resucitado, Sebastián Piñera, que ha podido dedicarse de nuevo a su quehacer fundamental, “robar cámara”, para repuntar en las encuestas. La última vez se la robó a Mañalich, que realizó una exitosa gestión ante las isapres para postergar un alza de sus planes, pero tuvo que ceder el podio a Piñera para que hiciera del anuncio. Es que tiene un afán de figuración tan grande como su debilidad para ejercer la autoridad.

Pero cuando pase la pandemia, porque va a pasar (aunque con un enorme costo económico y social) de nuevo va a volver a haber un gran estallido delictual, desvirtuando una sucesión grotesca de eventos electorales gestados por, para y en exclusivo beneficio de los partidos políticos –los entes menos prestigiados ante la opinión pública nacional– y la primera línea sólo va ahondar los enormes perjuicios que ya antes infirió a la economía y la vida internas, superiores a los que ha generado y generará el virus.

Así volveremos a una incertidumbre que sólo terminará cuando la ciudadanía elija a una mano más firme, a fines del próximo año (porque supongo que algo habrá aprendido) para que se haga cargo del gobierno. Pues ya toda autoridad ha desaparecido en las manos ineptas del sujeto a quien Guzmán me convocaba a derrotar en 1989, misión que no pude cumplir, y que, de haber yo cumplido, habría evitado algunos de los males nacionales que hoy debemos soportar. 

Desde luego, se habría evitado la desaparición virtual de la derecha, que pudiendo ganar la pugna por K.O., no fue capaz de dar el golpe decisivo a su rival. Así, “read my lips”, éste volverá pronto a reeditar el caos en lo que resta del actual y desgraciado mandato presidencial.

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