Si no hubiera sido por el coronavirus, hoy 26 de abril pudo haber sido un día negro para Chile. Según sugieren todas las encuestas, si hubiera tenido lugar el plebiscito convocado para esta fecha (nulo de derecho pero impuesto por la violencia) habría triunfado el “Apruebo”.

Esto habría equivalido a la ruina del país, primero, por la completa incertidumbre acerca de los derechos fundamentales de sus habitantes; segundo, por la certeza de tener un gobernante incapaz de garantizar el orden y contener la violencia extremista, que es lo mismo que decir que nadie habría estado seguro en ninguna parte; tercero, por la evidencia de una mayoría completamente equivocada acerca de la realidad de las cosas, sumida en “las tinieblas del error”, dueña de los destinos del país, y además dispuesta a cambiar el modelo exitoso por otro fracasado en todas las latitudes. El virus, por lo menos, ha inducido a la mayoría a la reflexión. El 55% que en la encuesta Cadem anterior apoyaba las movilizaciones callejeras que terminaban en violencia, hoy ha caído a 45 %.

Pero todavía parece evidente que una mayoría cree estar regida por un sistema injusto, llamado a ser reemplazado por otro de amplia injerencia estatal. Y eso es un error fatal. Pues el sistema vigente no sólo no es injusto, sino que ha dado todos los recursos necesarios para que hubiera habido mayor igualdad y menos pobreza, pero esos recursos se los ha apropiado una burocracia insaciable de extremistas ahítos de pensiones “no contributivas”, de indemnizaciones millonarias obtenidas en juicios espurios, de falsos exonerados, de beneficiarios de bonos demagógicos, indemnizaciones y recursos que no llegan a los verdaderos pobres.

Estoy convencido de que, cuando me expulsaron del matinal de farándula izquierdista “Bienvenidos”, en noviembre, no fue tanto porque yo dijera que bajo el gobierno militar no hubo violación sistemática de los derechos humanos, sino por haber antes afirmado y probado que si el gasto social llegara realmente a los pobres, el 20 % de menores ingresos pasaría a estar en el nivel de mayores ingresos. Eso, que es indesmentible (basta dividir el gasto social por el 20 % más póbre y resultan dos y medio millones de pesos mensuales por hogar) fue lo que los izquierdistas controladores del espacio no pudieron tolerar.

Hoy, con un triunfo del “Apruebo”, este pudo ser un país tan desolado como el que hubo cuando ganó la UP, cuando los que se iban al extranjero remataban sus autos al mejor postor antes de subirse al avión, con la Bolsa por los suelos y el dólar por las nubes. Con la perspectiva de ser Chile otra Cuba u, hoy, otra Venezuela, es decir, un país desesperanzado en que nadie quiere vivir.

Estamos mal con la pandemia, pero estaríamos peor sin ella. Por lo menos ésta le ha permitido a Chile ganar tiempo de reflexión, lo que siempre es bueno cuando la alternativa es cometer un gran disparate nacional sin vuelta atrás.

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