Estabas caído, se te venía marzo. Si en diciembre parecía que a los rojos sólo les bastaba darte otro soplido para defenestrarte, en marzo todo indicaba que ni siquiera iban a necesitar eso, pues ya no tenías nada que ofrecerles, dado que el 15 de noviembre les habías entregado todo. 

Ya, pasado al enemigo, eras uno de ellos y no podías disimular tu inclinación por el “Apruebo”, en la que te seguían los entreguistas Lavines, Ossandones, Desbordes, Alessandris (¡qué habría dicho don Jorge, coautor de la Constitución ofrendada a la izquierda!). Como no eras capaz de mantener el orden y sin éste no hay convivencia posible, sólo se esperaba el nombre de tu reemplazante, porque parecía cosa de llegar a La Moneda y hacerse del poder. 

Entonces apareció el coronavirus, que espantó a la “primera línea” y despejó las calles de violentistas, gracias al miedo que genera, el mismo que nunca ninguno de aquellos te tuvo a ti, incapaz de dar una orden enérgica a los cuerpos uniformados que están bajo tu control. 

El virus también rescató a la Constitución de manos de los rojos y ahora todo indica que, de aquí hasta que termine tu mandato, nadie se puede reunir sin contagiarse y, por tanto, la turba que ejercía la violencia perdió todo su poder. 

Si no hay plebiscito nadie va a salir a protestar. La turba que te amenazaba se volvió a sumergir en su clandestinidad, como debía hacerlo cuando estaba Pinochet. Y hoy hay, además, un militar como máxima autoridad en cada región. Era el orden público que el país necesitaba y que tú no eras capaz de proporcionar.

Se acabaron los plebiscitos de entrada y de salida. Sólo tendremos elecciones a distancia para designar a tu sucesor, la única elección indispensable para restablecer en el país un Ejecutivo con autoridad. 

Nuevamente ha entrado a regir ese artículo de la Carta que dice: “Ninguna magistratura, ninguna persona ni grupo de personas pueden atribuirse, ni aun a pretexto de circunstancias extrordinarias, otra autoridad o derechos que los que expresamente se les hayan conferido en virtud de las Constitución o las leyes. Todo acto en contravención a este artículo es nulo y originará las responsabilidades y sanciones que la ley señale”. Supongo que leíste la página completa de “El Mercurio”, firmada por los abogados Sergio García y Jorge Reyes, acreditando la inconstitucionalidad del “proceso constituyente”, que tus vencedores por la fuerza y tú, rendido por el miedo, estaban instalando de facto en el país. Halló así fundamento al meme que decía “300 contagiados, 8 muertos y un resucitado”: tú. 

Has vuelto en gloria y majestad a ejercer el único culto que profesas, el que se rinde a tu persona. Y estás de nuevo en el centro de las fotos, convocando a cadenas nacionales de TV por cualquier  motivo y subiendo en las encuestas gracias al orden público restablecido por el coronavirus. Hasta tienes la perspectiva cierta de completar tu mandato.

La estatua de Baquedano luce más flamante que nunca. El virus espanta a sus depredadores. Puedes ir a jugar ahí con tus nietos, sabiendo que hay un militar a cargo del orden público y un virus que impide a la “primera línea” abusar contra los carabineros, ayer atados de manos por tu falta de resolución y respaldo. En “El Mercurio” Gerardo Varela acreditó cómo se han derrumbado una a una las acusaciones que se les hacían.

Las barras bravas ya tampoco, gracias al virus, se atreven a reunirse para atronar los estadios cantando “Piñera, asesino igual que Pinochet”. 

¿A quién le debes todo eso? Lo sabes perfectamente, por supuesto. En un gesto de decencia política, debes mandar un proyecto para autorizar un monumento al coronavirus que te salvó, en la misma Plaza de la Constitución donde están los de varios que nunca lo merecieron. Financiado éste, claro está, con una mínima parte de los ahorros que mantienes en paraísos fiscales. 

Y con una placa recordatoria que diga: “Al coronavirus salvador de Sebastián Piñera, virtualmente caído cuando aquel mandó a vándalos, saqueadores y pirómanos, presas del pánico, de vuelta a los cuarteles clandestinos de donde nunca debieron salir”.

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