El entreguismo tiene liquidado a este país. Nicolás Maduro y Diosdado Cabello ya celebran públicamente y por anticipado la “Asamblea Constituyente para Chile”, que nos va a convertir en otra Venezuela. El entreguismo DC a la izquierda ha sido una constante de la historia de Chile, pero el de la derecha es más reciente, aunque no por ello menos fatal, y ambos nos tienen al borde del abismo.

Les han puesto una pistola al pecho a los políticos de derecha y éstos lo han entregado todo, entendiendo por todo la Constitución y el futuro. La derecha, en particular, se ha entregado vergonzosamente, porque tenía por sí sola los votos en el Congreso para preservar la Constitución e incluso impedir reformarla. Pero sus partidos se rindieron, víctimas del pánico, ante la violencia de la izquierda y accedieron a un Acuerdo para, como dijo el Primer Entreguista Nacional, Sebastián Piñera, junto con izar la bandera blanca, “tener una Asamblea Constituyente”.

El propio Piñera ya fue fruto del entreguismo de la derecha. Pues provenía del No a la Constitución de 1980 y del No a Pinochet, pero la derecha, que fue el soporte tanto de la Constitución como de Pinochet, se entregó a él y lo hizo elegir Presidente. Con su pan se lo coma, tanto que le permitió traicionar a los militares y ser su peor cuchillo, triplicando las querellas ilegales contra ellos aliado con la dictadura judicial de extrema izquierda. Fruto de más de mil 300 querellas hay 200 Presos Políticos Militares, testimonios vivos del entreguismo. 

La expresión máxima de éste fue Hernán Larraín, que siendo senador de derecha aprobó liberar a terroristas presos tras diez años de presidio, advirtiendo que ello no iba a ser “moneda de cambio” para liberar a militares en igual condición. Con razón es hoy el ministro de “Justicia y DD. HH”. del más entreguista de los gobiernos, el actual, cuyos “inspectores de DD. HH.” tienen amarradas las manos de Carabineros ante la violencia rampante que aterroriza al país.

Y entonces la derecha vergonzante, que tenía los votos para mantener vigente e intocada la Constitución, dio sin embargo “orden de partido” para rendirla en el Congreso a la izquierda. Los solitarios votos de Ignacio Urrutia en la Cámara y Ronald Pugh en el Senado fueron los únicos de parlamentarios capaces de no entregarse a la extrema izquierda y a la conminación de Maduro y Cabello. 

Pero ahora esa derecha comprueba que su electorado no era tan entreguista como sus dirigentes partidistas, y la UDI primero y la mayoría de RN después se dan cuenta de que deben defender, por lo menos, la última trinchera, el Rechazo en el plebiscito vergonzoso a que accedieron, y desafiar el 26 de abril la violencia extremista votando No a la Asamblea Constituyente. Es lo que exigen las bases mayoritarias, menos cobardes que sus partidos. Hasta la propia Evópoli, una especie de DC injertada en la derecha, entra en reflexión al respecto.

Las encuestas anuncian que esta vez el país no se salvará, pero otras veces un milagro lo ha salvado. En 1973 surgió prodigiosamente un Enrique Ortúzar Escobar con su fórmula para un Acuerdo de la Cámara que, inesperadamente, fue apoyado por los, hasta entonces, entreguistas DC. Y así, por 81 votos contra 47, fueron llamados los militares a salvar a Chile del “golpe de Praga” (Aylwin dixit), en una situación que “sólo se arregla con fusiles” (Frei dixit). Fue un milagro, materializado cuando Merino –otro hombre decisivo– escribió cuatro letras a Pinochet y Leigh, conminándolos: “El día D es el martes 11 y la hora H las 06.30”. Lo demás es historia, ampliamente falsificada a estas alturas, con permiso del entreguismo. Pero el hecho fue que así ya se salvó Chile una vez.

La pregunta hoy es si, en medio de las encuestas adversas y un entreguismo tan desatado, el 26 de abril se podrá volver a salvar.

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