Hoy en “El Mercurio” la presidente de la UDI, Jacqueline Van Rysselberghe, dice que le gustaría una definición del Presidente frente al plebiscito. Que él diera su opinión. El problema es que Piñera no tiene opinión. Uno podría colegirla de sus discursos posteriores al acuerdo del 15 de noviembre y tras el llamado a plebiscito. Implícitamente se desprende de ellos que es partidario del Apruebo, pues en esas ocasiones expresó lo que espera de una nueva Constitución, dando así por derrotado al Rechazo. 

Esto último, por lo demás, concuerda  con su línea de centroizquierda a partir del “No” que manifestó ya en el plebiscito de 1980, luego en el de 1988 y, en fin, en la línea de sus dos gobiernos, que yo he llamado “5° y 7° de la Concertación”, porque en ellos se dedicó a aumentar el tamaño del Estado, a subir impuestos, a crear ministerios y reparticiones burocráticas y a perseguir militares, tanto que triplicó el número de querellas contra éstos que se habían presentado desde la oficina de DD. HH. del ministerio del Interior, trasladada últimamente al ministerio de Justicia y DD. HH.

Piñera realmente va a tener opinión sólo cuando conozca la última encuesta. Pues si hubiera que definirlo políticamente, debería decirse que es “encuestocrático”. Ya en 1989 era, como señalé, del “No”, pero entonces apareció en las encuestas un personaje del “Sí” que les ganaba a todos los presidenciables del “No”, Hernán Büchi, ministro de Hacienda. Le ganaba incluso a Aylwin y, por supuesto, a Lagos. Eso condujo a que fuera candidato presidencial del “Sí” y entonces “lo rodearon” los políticos de derecha. Uno de ellos, Andrés Allamand, que en esos años estaba siempre “yéndose para el otro lado” (había gestado con los opositores el “Acuerdo Nacional” para acortar el período de Pinochet) le recomendó a Büchi nombrar como “generalísimo” de su campaña a Sebastián Piñera, que era DC y una verdadera locomotora. Büchi le hizo caso, pero Piñera lo hizo decir cosas como que no quería tener a Pinochet de comandante en jefe si era electo, que lo indigestaron y, finalmente, renunció a la candidatura aduciendo una “contradicción vital”. Después retomó la candidatura, pero ya estaba “piñerizado” y no sólo Aylwin lo ganó lejos sino que surgió Francisco Javier Errázuriz en el mismo sector y se quedó con un millón de votos que deberían haber sido de Büchi.

Si Piñera no tuvo inconvenientes en saltar del “No” al “Sí” en 1989 fue porque éste era muy fuerte. Voy a citar un discurso que pronunció el ministro de Odeplan, Miguel Kast, antes del plebiscito de 1980, cuya característica fue que todo lo que afirmó era verdad: “¿Cuándo se gastó en programas sociales un porcentaje mayor del gasto fiscal que ahora? ¿Cuándo antes habíamos visto los chilenos que bajaran simultáneamente la inflación y los impuestos, mientras subían el producto nacional y los sueldos? Pero si hubo un progreso en múltiples aspectos, hay un campo donde el avance ha sido y será el más importante. Es el campo de la libertad. De la libertad de trabajo y de la libertad para elegir los bienes de consumo; de la de afiliación sindical; de la libre elección en salud y vivienda, y en un futuro próximo, en la previsión y en la educación”. Ese gobierno no podía perder.

Así era lo que ahora llaman “la dictadura”. ¡Bendita “dictadura”, que nos llenaba de libertades que no teníamos! ¿Y qué respondió el pueblo ante la opción “Si” representativa de todo lo anterior y la opción “No” de la DC, Piñera y los marxistas? De una población total del país de 11.190.000 personas, fueron a votar voluntariamente –porque no era obligación ir– el 56 %, es decir 6.271.868 personas. Entre los varones el 62,5 % votó “Sí” y el 34,82 % “No”. Entre las mujeres (que siempre han tenido mejor criterio) el 71,48 % votó “Sí” y el 25,72 % “No”.

Si para el próximo plebiscito constitucional va a votar el 56 % de los 17.500.000 habitantes, es decir, 9 millones 800 mil chilenos, el acto tendrá la misma participación del pueblo que el plebiscito de 1980. Veamos qué sucede. Si no, la Constitución que de ello resulte carecerá del respaldo de la actual, que ha presidido los mejores 30 años de la historia de Chile en materia de estabilidad política, paz social y progreso económico, sólo interrumpidos por la revolución violenta iniciada el 18 de octubre de 2019.          

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