Las cifras sobre la pandemia, en los países más afectados por ella, muestran a Chile como el que tiene más personas contagiadas por millón de habitantes, a bastante distancia de los demás: tenemos más de nueve mil y ninguna otra nación llega siquiera a siete mil.

Este penoso primer lugar mundial, nada de deseable, no ha sido comentado ni destacado por ningún medio de comunicación ni ningún personaje público. Publican las cifras, pero a nadie parece llamarle la atención que Chile sea el país más contagiado del mundo.

Por contraste, frente a Chile en el océano Pacífico y a similar latitud, está Nueva Zelandia, hoy con cero contagios. Tiene la cuarta parte de habitantes que nosotros y desde hace tres semanas no registra ningún nuevo contagio. Ha normalizado su vida interna, aunque mantiene cerradas sus fronteras.

¿Qué tiene Nueva Zelandia que no tengamos nosotros? Bueno, neozelandeses, mientras nosotros tenemos chilenos. Antes del virus los neozelandeses no habían vandalizado su territorio ni destruido el mobiliario urbano ni destrozado vitrinas del comercio ni quemado a pñolicías, iglesias y estaciones del metro ni saqueado los supermercados. Buena gente. Y después del virus ella han sanado.

Acá hubo una masa que hizo todas esas tropelías y después hubo un millón de personas apoyándolos, desfilando  en las calles y una mayoría del periodismo y la prensa hablando de “malestar social”, cuando lo que en verdad había era un estallido delictivo impune, un atentado masivo antisocial, en medio de un derroche escandaloso e impresionante de recursos públicos en manos de los promotores de la asonada. Y todo eso desemboca en que somos los más contagiados del mundo, porque la anterior inconducta social deriva necesariamente en la posterior inconducta sanitaria.

En cuanto a la pandemia, los neozelandeses siguieron las instrucciones dictadas por el buen orden natural y el sentido común: usaron mascarillas y guantes, respetaron la cuarentena, observaron distanciamiento entre personas. Nosotros, como es obvio, vista nuestra condición de mal comportados, subversivos y violentos, también somos top-one mundial en contagios, porque no respetamos las conductas aconsejadas por el buen orden natural, el sentido común, el respeto y la disciplina social.

Cada pueblo se compone de individuos. Si los individuos son respetuosos y bien inspirados, se cuidan de no contagiar ni ser contagiados. Su pueblo erradicará la peste. Si no lo son, sino violentos, irracionales e irritados, se contagian y contagian a otros y la peste cunde. Es un tema de actitud y de educación.

Es un tema de lo que enseñan en las familias los padres y las madres y en los colegios los buenos maestros. Eso establece la diferencia. Donde se les inculca a los individuos que sus acciones tienen consecuencias, se cuidan y observan conductas constructivas. La sociedad puede vivir tranquila y sin temor al porvenir. Donde se les enseña que son víctimas de la sociedad, que sólo tienen derechos y no deberes, tienden a ser descontentadizos, a no respetar las normas y, cuando sobreviene una pandemia, son los que más contagian y se contagian.

Hace unos días un ciudadano que en la capital enrostró a unos transeúntes por no usar mascarillas, pero fue agredido por éstos y terminó con lesiones de mediana gravedad: un ojo amoratado y un brazo en cabestrillo. Eso lo dice todo. En un país así no es extraño que condenen a presidio a los que combaten el terrorismo y les den indemnizaciones millonarias a quienes lo perpetran. Los “inspectores de DD. HH”, a los cuales el Gobierno les paga entre cuatro y cinco millones de pesos mensuales por vigilar a los carabineros y acusarlos, facilitando así el vandalismo y los desórdenes, son todo un símbolo de la decadencia moral que impide a los pueblos distinguir el bien del mal. El juez que imputa a una patrulla víctima de intento de atropello por disparar balas de goma a los agresores es otro síntoma de que hay un pueblo que ha perdido el norte.

Del contagio no podemos culpar a la sociedad, a las políticas ni al modelo, porque depende de cada uno. Si los chilenos observáramos la distancia con los demás y anduviéramos con mascarillas y guantes: no habría contagio y se podría volver a la normalidad. Pero ni siquiera esa perspectiva es buena para Chile, porque cuando terminen el estado de excepción y el toque de queda recomenzará la violencia, eso lo sabemos. Hay una enfermedad del alma nacional, que se ha tornado negra. Hay una masa desalmada. Y también sabemos que no hay una autoridad capaz de garantizar el orden. Si salimos de la pandemia caeremos en algo peor, la violencia. Un estudio hecho en Santiago reveló que ha sido mayor el costo de ésta para el comercio que el de la crisis sanitaria.

Los números nos sindican como el peor de los pueblos. Y quienes elegimos para velar por la defensa de nuestros valores, el orden social, la decencia y la disciplina interna, se han cambiado de bando y aliado con los que nos han llevado al penoso nivel en que nos hallamos.

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