En ningún análisis de la crisis los sesudos analistas incluyen su causa principal, que es la falta de autoridad. En su trabajosa búsqueda de la quinta pata del gato han olvidado la más importante de las cuatro que tiene: el orden público. Que el delito debe ser reprimido y castigado. Que si no se hace eso, reina el caos, como reina en el Chile de hoy.

En preparatorias (la básica actual) aprendí que en 1542 Inés de Suárez, habiéndose ausentado Valdivia, mandó cortar las cabezas a los caciques que tenía presos y sólo así logró ahuyentar a las hordas de Michimalonco, que la tenían cercada y a punto de ser capturada en el cerro Huelén. Me quedó claro. 

Siendo adolescente vi con mis propios ojos “la revolución de la chaucha”, cuando el extremismo se tomó Santiago a pretexto de un alza de veinte centavos en la locomoción. A González Videla no le venían con esas cosas y puso a un conscripto con un fusil en cada micro. Yo los vi. Ahí el populacho extremista dejó de incendiarlas. Después adoptó la sabia  medida de poner al comunismo fuera de la ley y el país volvió a ser una taza de leche. Los comunistas, con Neruda a la cabeza, “asesinaron mundialmente su imagen”, como veinte años después después volvieron a hacerlo, ya sin Neruda, con la de Pïnochet. Pero a mí en 1949 me quedó claro.

Posteriormente, en 1957, a Ibáñez, que se ablandó y se amistó con los comunistas, éstos le hicieron su “18 de octubre” y semidestruyeron el centro, botaron todos los postes, asaltaron “Los Gobelinos” y “A la Ville de Nice” y en Santiago reinó el caos. Pues bien, el general entonces sacó los tanques a las calles (yo vi uno en Moneda con Ahumada), con el resultado de un número de muertos nunca bien precisado. Pero lo que yo sí vi fue que la gente aplaudía al oficial a cargo del tanque. Y el general Gamboa, a cargo de las tropas, fue designado como “el mariscal de la Alameda”, porque, al igual que Montgomery en El Alamein, ganó la batalla. Me volvió a quedar claro.

La prensa roja y la rosada –imagínense a los Matamala y la Rincón de entonces– estaban furiosas, pero el país volvió a ser una taza de leche y ratificó lo obrado al elegir a Jorge Alessandri en 1958 (superó a Allende y a Frei Montalva), suponiendo que iba a ser el más duro para evitar otro caos como el del 2 y 3 de abril de 1957. 

Después hasta Frei Montalva supo mantener el orden público, pues en 1968 mandó a Europa a su blando ministro del Interior, el “hermano Bernardo”, y puso en su lugar a un duro, Edmundo Pérez Zujovic, que hizo desocupar Pampa Irigoin tomada por los rojos. Claro, éstos se vengaron dos años después y lo asesinaron. Los rojos no perdonan. 

En fin, en 1973, ante el caos impuesto en Chile por el régimen marxista-leninista (así se lo definió a Regis Debray Allende en 1970) los demócratas, cuya voz más tonante fue la de Aylwin, llamaron a los militares por 81 votos contra 47 en la Cámara y éstos obedecieron y restablecieron el orden, aparte de trasladar a Chile del último lugar al primero de América Latina. Y devolvieron a los civiles otra taza de leche en 1990.

Al final, en Chile siempre hubo orden… hasta que llegó Piñera. Desde el 18 de octubre pasado le dieron un golpe de estado: el 12 de noviembre los sediciosos, encabezados por el comunismo y siempre con el inefable concurso de los kerenskys (DC), dictaminaron que la “movilización social” (no una elección) había “corrido el cerco de lo posible” y que en Chile iba a haber (sin otra elección) “otro modelo político, económico y social”. Todo ello de facto, por supuesto. 

Era el término de la vigencia de la Constitución y las leyes. ¿Y qué hizo Piñera? ¡El 15 de noviembre se rindió!, ¡lo ratificó todo! En lugar de meter presos inmediatamente a los facciosos, sacar los militares a la calle y terminar con el desorden que había semidevastado al país ¡les dijo que sí a todo a los revolucionarios! 

Y no sólo eso: en su discurso de la noche de la rendición incondicional ¡se puso del lado del “Apruebo”, del lado de ellos!, en el plebiscito inconsulto, previamente inexistente e innecesario a que convocó como parte de su entrega del poder.

Lo peor fue que Chile Vamos se hizo cómplice de Piñera. Pues tenía los votos en el Congreso como para terminar la chacota y decir simplemente “NO”,  un gran “NO”, al golpe de estado, pero dijo “SI”. ¡Qué vergüenza! Los únicos solitarios “NO” fueron del diputado Ignacio Urrutia en la Cámara y del senador Kenneth Pugh en el Senado. El resto desfiló ante el comunismo y hacia el campo de prisioneros con los brazos en alto.

Si usted les dice a los delincuentes que siempre quedarán impunes, tendrá al delito reinando. Si usted no lo reprime con el armamento legal, ellos lo van a dominar a usted con el armamento ilegal. Al final de cuentas, a raíz del caos generado por el golpe, ya hay medio centenar de muertos por los enfrentamientos derivados de la mano blanda, de la falta de autoridad y del caos general. Tuvo la deshonra de la rendición y no evitó la guerra.

Mientras no se diga en voz alta que en la base del problema chileno actual está la falta de autoridad, el país se va a seguir hundiendo e irá de mal en peor. Mientras alguien no mande en el gobierno, mandarán el lumpen, la delincuencia y el marxismo-leninismo, que en el fondo son la misma cosa.

Mientras no se diga en voz alta y por todos los medios que sin una autoridad firme nunca habrá solución para ninguno de los problemas actuales, éstos sólo se van a profundizar y la actual crisis chilena sólo puede empeorar. 

Y, por ahora, en eso estamos.

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