Cuando yo era joven hubo una leída novela y una consiguiente muy vista película, ambas tituladas “El Discreto Encanto de la Burguesía”. Hoy me siento tentado a comentar “el discreto encanto del comunismo”, visto el otorgamiento del Premio Nacional de Periodismo, con el voto y elogio de una ministra de derecha, a una profesional que por años rompió lanzas en el diario “El Siglo”, periódico-insignia del PC local.

¿Quién ha sido el Enemigo Público N° 1 del comunismo mundial en el último siglo? Conteste, sin temor a equivocarse: Pinochet. La venganza roja ha sido terrible. Un solo historiador contemporáneo importante la ha acreditado: el británico Paul Johnson. Éste afirmó que el KGB soviético tuvo un gran éxito en demonizar a Pinochet entre las “élites habladoras” del mundo, “antes de ser lanzado (el KGB) al basurero de la historia”. Pero en su libro “Héroes”, dedicado a personajes históricos relevantes, Johnson incluye justamente a Pinochet, porque, dice, “yo conozco lo hechos”.

El discreto encanto del comunismo no sólo consigue premios para sus adeptos, sino que logra la condena de su reales adversarios. Lo cual me hizo recordar una escena de mi juventud cuando, recién ingresado a la planta de editorialistas de “El Mercurio”, allá por los años ’60, el destacado abogado Carlos Urenda Zegers propuso en la Mesa de Redactores que el diario entrevistara a Eudocio Ravines, el más brillante ex-comunista peruano, que se había convertido en el principal detractor latinoamericano del partido rojo, tras haber escrito su estupendo libro “La Gran Estafa”.

Naturalmente, los comunistas había apuntado toda su artillería de insultos, injurias, calumnias e imputaciones contra Ravines, obteniendo el torvo efecto deseado, tanto así que el director de “El Mercurio” respondió a la propuesta de Urenda diciéndole:

“No, ese sujeto está completamente desprestigiado a raíz de su cambio de posición”.

Urenda entonces le replicó:

“Hay otros que también han cambiado de posición y no por eso puede considerárseles desprestigiados”, un golpe al plexo del director del diario, que en su juventud había pertenecido a las juventudes nacistas.

El hecho fue que el diario no publicó nada sobre la visita de Ravines a Chile. El principal medio de comunicación de la derecha se negaba a apoyar a alguien convertido en el peor cuchillo contra el comunismo. La denostación repetida, permanente y sostenida que practicaba el comunismo contra Ravines producía su efecto en la propia derecha, supuesta beneficiaria del anticomunismo del político peruano.
Ahí aprendí que el insulto y la injuria repetidos, aunque no tengan base, hacen mella en el prestigio de las personas. “¡Calumniad, calumniad, que algo queda”, decía Voltaire con su peculiar cinismo.
Entre nosotros esa oscura táctica del partido rojo ha hecho mella en el buen nombre del principal estadista chileno del siglo XX, llevando incluso a quienes fueron sus partidarios a advertir: “yo no soy pinochetista”, temerosos de caer también bajo el anatema de los popes que antes hallaban su inspiración en Moscú y hoy la absorben del Foro de Sao Paulo.