Uno de los últimos programas de TV a que me convidaron sin expulsarme, hace unos años, se llamaba “El Informante”, de TVN, donde también estaba invitado el juez Alejandro Solís. Este había condenado a varios centenares de años de presidio a un oficial, Miguel Krassnoff, sin nunca haberlo interrogado personalmente y sólo presumiendo que él mantenía secuestradas a muchas personas desde 1973  hasta la fecha del programa y, supuestamente, hasta hoy. Yo le pregunté entonces cómo Miguel podía mantener a esas personas en una celda de dos por dos durante quince años, a lo cual Solís replicó que se había basado en una “ficción jurídica”, es decir, “haciendo como que” las mantenía presas, aunque no lo estaban en la realidad. Es decir, era mentira y, además, al condenarlo basado en ella, cometía un delito, el de prevaricación, por fundarse en un engaño para eludir leyes que le habrían permitido al procesado permanecer en libertad. 

En otro caso de similar inmoralidad judicial de hace cinco años yo hice un artículo, que envié a la revista del Colegio de Abogados, pero éste se negó a publicarlo. Entonces lo puse en este blog el 27 de marzo de 2015. Y cada vez que lo menciono compruebo que aumentan en unas decenas los ya miles que lo han leído. De paso, diré que este blog cumplirá en unos días más diez años y aprovecharé el aniversario para hacer un buen regalo a sus lectores.

La desvergonzada mentira judicial que permite privar de libertad a centenares de presos políticos uniformados sigue vigente y, más aún, se han hecho parte de ella, como coautores, Sebastián Piñera, que oficia de Presidente de la República (cada día, afortunadamente, por menos tiempo más) y su ministro de Justicia y DD. HH., Hernán Larraín. Ambos sostienen públicamente y con reiteración que los Presos Políticos Militares no tienen derecho a libertad condicional ni a beneficios carcelarios ni a cumplir en su domicilio el resto de sus condenas, si tienen más de 75 años, por ser autores de “delitos de lesa humanidad”. Así Piñera y  Larraín repiten no sólo una mentira, como Solís, sino dos: porque los delitos de lesa humanidad fueron creados por ley en 2009 y entonces mal pueden haberlos cometido los militares por hechos de los años 70 y 80. Y porque, si uno lee en qué consisten esos delitos, se encuentra con que son definidos como “un ataque generalizado a la población civil”. Y justamente quienes lo perpetraban en los años 70 y 80 eran los grupos terroristas como el MIR y el FPMR, al matar con explosivos a transeúntes y pasajeros del metro, incendiar vehículos de locomoción o provocar apagones nacionales derribando torres de alta tensión. Los militares, entonces, combatían los delitos de lesa humanidad. Es decir, la mentira que propalan el presidente y su ministro es doble y constituye una inmoralidad dirigida a perpetrar un mal, en este caso violar los DD. HH. de los presos ex uniformados.

Lo peor de estas mentiras oficiales que causan daño es que tienen un respaldo bastante generalizado en nuestra sociedad. Se diría que una mayoría cohonesta el hecho de que, faltándose a la verdad y a lo que mandan las leyes, se prive de libertad a ex uniformados. Esto revela una inmoralidad de fondo de la chilenidad. Pues lo mismo que la condujo a condecorar a Krassnoff con la “Medalla al Valor ” en 1975 la lleva ahora a imponerle más de 20 años de cárcel. Pues se le otorgó dicha medalla por haber dado de baja en combate al principal jefe del MIR, Miguel Enríquez (que le disparó primero) y ahora se le ha añadido una decena de años de presidio porque el juez Carroza estimó que el jefe terrorista había sido “asesinado” cuando fue descubierto su escondite de la calle Santa Fe, tras su último asalto bancario, en el cual ordenó propinar seis balazos al agente de la sucursal del Banco de Chile y héroe Robinson del Canto, por negarse a entregarle las llaves de la bóveda y propinarle un combo en la cara, cuyas huellas conservaba cuando días después cayó en combate.

Un sociedad basada en la mentira para inferir daño resulta digna de sanción. Según enseña la Biblia, a veces eso conduce a que paguen justos por pecadores, como en Sodoma y Gomorra, que fueron arrasadas siendo que, se supone, no todos sus habitantes se habían hecho acreedores de la sanción divina. Los inocentes tal vez fueron considerados cómplices pasivos del mal por su tibieza o por mirar hacia otro lado, como la mayoría que hoy cohonesta la mentira oficial usada para encarcelar a quienes, según la ley, deberían estar en libertad. Igual sufren el castigo de Dios.

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