Chile está irreconocible. No hay saqueos ni incendios de supermercados ni los vándalos están quemando las iglesias y apedreando a los carabineros. La gente está en sus casas en lugar de vociferando en las calles. Los delincuentes vuelven a su actividad propia, que es robar y asaltar, y han dejado las calles. Desde el 18 de octubre hasta hace pocos días se habían dedicado a destruir, saquear, incendiar y atacar a la policía y, paradójicamente, el delito común había disminuido. La fuerza del delito insurreccional había logrado cambiar hasta la institucionalidad básica del país. Ahora esa “misión pública” de los facinerosos ha concluido como por ensalmo, como debía haber terminado en sus comienzos si en Chile hubiera habido alguna autoridad: por la fuerza. Es que la fuerza de la autoridad que no se ejercía ha sido sustituida por otra inmanente, superior, que ha impuesto el orden.

El espectáculo, que se había hecho insólito, de que se pueda circular por la Plaza Italia, se ha brindado en toda su inverosimilitud. La estatua del general Baquedano ha sido limpiada. Los rebeldes quisieron reunirse para volver a vejarla, pero apenas llegó un centenar de vándalos a la cita y la policía los dispersó fácilmente.

La gente que vive en la zona cero del caos hoy de nuevo puede dormir y vivir tranquila. No lo puede creer. ¿Qué cosa tan buena ha pasado que ha venido a rescatarla del infierno? Nada bueno, les dicen, pero para ellos es bueno.

Desde el 18-O Chile entero, des-gobierno incluido, había sido rehén de la violencia. La izquierda, que siempre ha sido una fuerza negativa y destructiva, está desconcertada. Ya creía tener a Chile bajo su control y el país se le ha escapado de las manos. 

Como todo parto, éste es doloroso y, además, será prolongado. Pero el país estaba secuestrado y ha sido liberado. Todo el edificio maléfico levantado por la amenaza de la violencia y el imperio de la mentira se ha venido abajo, tras un solo soplo de fuerzas inmanentes.

El mal, en efecto, había impuesto la mentira. Lentamente la verdad se ha ido restableciendo: el “modelo” no sólo había entregado los recursos para remediar todas las carencias, sino que habían sido sus peores críticos los que se habían quedado con ellos, simbolizado esto en los casi cinco millones de pesos mensuales que ganan los “inspectores de DD. HH” encargados de la diabólica misión de anular a las fuerzas del orden en su combate contra el delito. Una trama exitosa de las fuerzas del mal y la mentira.

Una sola cifra: en 2019 el gasto en personal del gobierno central había aumentado en casi siete veces, en términos reales, respecto de 1990 (Bettina Horst, LyD, “El Mercurio” 15.03.20). Si este año ese gasto pudiera ser disminuido sólo en 10 %, podría financiarse pensiones de $400 mil como mínimo para todos. ¡Los críticos se habían quedado con la plata y venían por más! 
Algo ha ocurrido para que la paz haya sucedido a la violencia, para que se haya desbaratado la conjura política que estaba desmantelando las estructuras básicas del país, para que Chile haya entrado en reflexión. No sé lo que ha sido, pero sí sé que será para mejor.

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