Me ha llegado varias veces la grabación de una cantante mexicana sexagenaria, que es muy del gusto de nuestro pueblo: Ana Gabriel. Ella se plantó frente al monstruo de la Quinta Vergara desplegando una bandera chilena y expresando su angustia porque la violencia esté encaminando a Chile, un país que ella admiraba tal como era hasta el 18-O, a un destino tan aciago como el de Venezuela y Nicaragua, dijo. Parecía una actitud suicida. Todos antes, en particular Kramer y Che Copete, se habían dado vuelta la chaqueta sin remilgos, para no irritar al monstruo, y se habían sumado al desfile hacia Venezuela y Nicaragua. Pero ante Ana Gabriel la multitud, mayoritariamente partidaria de transformar a Chile en un país como ésos, sólo rugió, pero no la silbó. Probablemente porque canta al gusto suyo, aunque piense distinto.

En general, noto un cierto pesimismo acerca de que Chile pueda salvarse. Leo hoy a Ricardo Escobar, ex Director de Impuestos Internos de Bachelet, en “La Tercera”. Un hombre de izquierda moderado que, sin embargo, está por el Rechazo. Pero cree, dice, que va a ganar el Apruebo, o sea, el camino a Venezuela o Nicaragua.

¿Cómo puede una mayoría mandar al diablo a su país? Parece increíble, sobre todo si dos años antes justamente un sector de la izquierda se cambió a la derecha, en la elección presidencial, ante el temor de una “Chilezuela”. ¿Qué explica el actual cambio suicida?

Primero, el miedo. La violencia impune infundió pánico al resto de la población. Luego, un gobierno, que no se atreve a usar la fuerza que la ley ha puesto a su disposición, por temor a ser acusado de “violar los derechos humanos” y no es capaz de mantener el orden público. Así se gana “el peor de los mundos”: no mantiene el orden público y sí es acusado de violar los derechos humanos. Consecuencia: Chile es hoy un organismo sin defensas, atacado por los violentos. La izquierda menos violenta aprovecha, se pliega a éstos y pide todo: cambio de gobierno, cambio de modelo, cambio de sociedad y cambio de Constitución.


Segundo, la ignorancia. La izquierda dice que las “injusticias y las desigualdades” exigen el cambio. Y repite esa consigna incesantemente. Pero no es verdad. El modelo ha entregado ingentes recursos para mejorar a los pobres. Ha multiplicado por doce el gasto público en salud y por diez en educación, en términos reales, en treinta años. Ha multiplicado por cinco el gasto estatal global y un experto calcula que, si lo disminuyera ahora en sólo 10 %, podría financiar pensiones mínimas de $400 mil mensuales. Es decir, el modelo no ha fallado socialmente, sino que ha sido exitoso, pero la burocracia de izquierda ha impuesto la consigna contraria, al tiempo se queda con gran parte de la plata (el ministro de Hacienda dice que sus sueldos están en el 5 % de mayores ingresos). 

Y lo peor es que la gente de derecha compra la consigna. Incluso entre los partidarios del Rechazo muchos conceden en que “hay que rechazar para reformar” (y no en el sentido de quitarle plata al Estado para dársela a la gente, sino para darle más al Estado).

Tercero, siendo el “estallido” delictual (ante la impunidad se desataron los saqueos, incendios  y vandalismo), se concede y se repite que fue un “estallido social”. Después del 18-O una vicepresidenta de una gran empresa y consejera de la Sofofa escribió: “Me quedé muda, estupefacta, en silencio. Así he estado en estas últimas semanas, con un profundo dolor por la ceguera de no haber visto y no haber empatizado con el malestar generalizado, a pesar de todas las señales de evidente descontento, y pido perdón por eso” (“El Mercurio”, 01.11.19). Pero ese mismo día Rolf Lüders, en “La Tercera”, probaba que si el gasto social del Estado se le diera al 20 % de familias más pobres, ellas tendrían un mayor ingreso de 2,5 millones de pesos mensuales. ¡La burocracia se queda con la “parte del león”, y culpa al modelo! Y la derecha le cree.

¿Está ciega la mayoría? Aparentemente, sí. Y camina sin ver el abismo al cual se acerca.

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