En 1973 el porcentaje de crecimiento del PIB de Chile era el último en América Latina. En 1989 ese crecimiento era el primero en América Latina. Cualquiera puede comprobarlo en Google. 

Se había producido entre ambos años un gran cambio en el país: de un modelo que concentraba las decisiones de producción en el Estado se había transitado a otro en que esas decisiones habían sido entregadas a la libertad de las personas. En eso consistió lo que en todo el mundo se llamó “el milagro chileno”. 

Eso motivó al presidente norteamericano Bill Clinton, antes de venir a Chile, a escribir al presidente chileno Eduardo Frei Ruiz-Tagle una carta en que le decía que Chile era “la joya más preciada de la corona latinoamericana”. Yo eso lo leí en el diario y estoy seguro de ello, pero hoy es imposible encontrar la referencia. Testimonios como ése han sido hechos desaparecer por alguna razón misteriosa.

Pero también en 1989 había una atmósfera de orden público y seguridad ciudadana muy superior a la que existía en 1973 y a la que existe hoy, treinta años después. La sensación predominante era en 1973 y hoy es en Chile actual el miedo. 

Por miedo ha sido suspendido hasta el campeonato nacional de fútbol, el deporte más popular. El mismo motivo ha conducido al cierre de establecimientos educacionales. La Prueba de Selección Universitaria se rendirá en medio de una atmósfera de temor a la violencia.

Y hoy la mayoría parece querer en la economía un Estado poderoso como el que nos puso en el último lugar en 1973 en lugar de un régimen libre como el que nos condujo al primero en 1989. 

El miedo impide hasta reabrir los supermercados de barrios populosos, que han sido saqueados e incendiados. Por miedo los partidos políticos gobernantes han accedido a poner en juego la Carta Fundamental, lo que ni siquiera estaba en su programa de gobierno. Pues políticos opositores (Camilo Escalona, Heraldo Muñoz) advierten que si una mayoría no deroga la Constitución en abril, la violencia se volverá a apoderar del país. La fuerza del miedo va a viciar, evidentemente, el veredicto ciudadano.

Los que tienen edad suficiente saben que en 1989 miraban con mucha mayor tranquilidad el presente y el porvenir que como los miran hoy, pero si dicen eso en público son acusados de “negacionismo” y de “ofender a la audiencia”. Sus acusadores hasta preparan mociones de ley para penar con cárcel a quienes manifiesten semejantes opiniones.

Mandan en el país los que infunden temor. Obedecen, o se marchan, si pueden hacerlo, los que tienen miedo. Lo más notable es que la opinión predominante llama a eso “el Chile que todos queremos”.

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